domingo, 15 de junio de 2014

Sucesos extraordinarios: La fiera malvada

La fiera malvada según edición de la Casa Roca en Manresa
El interés por los seres y sucesos extraordinarios arranca desde antiguo y puede rastrearse por todas las culturas en forma de narraciones o imágenes. Ya Plinio el Viejo nos legó una extensa obra sobre la cultura griega y latina, conocida por Historia Natural (siglo I de nuestra era), donde dedicó singular espacio a seres como las sirenas, el basilisco, el grifo, tritones, centauros, el ave fénix o la esfinge, a los que no les negaba su realidad existencial. Este interés se acrecentó a través de los llamados Bestiarios medievales de los siglos XII y XIII, donde conviven estrechamente elementos cultos y populares y que fueron usados repetidamente por los predicadores como recurso para ilustrar sus sermones en una interpretación alegórica con finalidad didáctica. En dichos bestiarios se describían las características de los animales para reinterpretarlos y vincularlos con aspectos religiosos e infundir temor.

En la llamada Edad Moderna el interés no decayó, aunque sufriera una cierta reorientación, ya que se editaron numerosos tratados de teratologías u obras donde se mencionaban a seres monstruosos o con malformaciones congénitas que despertaban y eran objeto de interés general.

Durante los siglos XVII y XVIII son abundantes las relaciones de sucesos sobre seres deformes o razas monstruosas hasta llegar al siglo XIX, donde continúan difundiéndose en pliegos de cordel numerosos casos extraordinarios que despiertan el interés del público consumidor.

En cuanto al tema de la fiera malvada que nos ocupa, parece ser que la primera noticia está recogida en la obra del P. Fray Joseph de la Fuente: Diario histórico, político y moral, donde se refiere a la aparición de dicho monstruo en el año 1725, del que se editó una relación al año siguiente en Madrid, de la que no he encontrado documentación.

La existencia de este extraño monstruo de Jerusalén fue recogida en el Nº 28 de La Gazeta de México, el 24 de marzo de 1789, en una descripción y mezcolanza de seres reales y quiméricos. Aunque la cita es extensa creo de interés el transcribirla por entero dada la descripción pormenorizada que realiza sobre el célebre monstruo.
"En el término de Jerusalén, catorce millas de esta antiquísima y famosa Ciudad, por la parte del Monte Doresta, se había advertido muchos días anteriores un notable estrago de variedades de hombres despedazados, bueyes, ganados menores, de carneros, puercos, caballos &c. de los que pastaban en aquellos contornos medio conocidos, sin poderse averiguar qual fuese la causa, hasta que pasando un Caminante por aquel sitio, á poca distancia de la montaña, reparó y vió, que otro que iba más adelantado que él, fue acometido por un Animal monstruoso, el qual con sus garras lo destrozó en un instante; y lleno de un temor igual a tan gran peligro, se separó del camino, huyendo para la primer población, donde habiendo contado el suceso, llenó de pavor y espanto a todos los vecinos, conociendo entonces el ignorado motivo de tantos estragos y discurriendo medios como librarse de semejante fiera, avisaron á los circunvecinos Pueblos, para que como interesados en el logro de extinguir y ver el enemigo que tamos daños causaba cónsultasen el modo de ponerlo en execución. Concurrieron todos a hacer una montería a fin de darle caza o quitarle la vida, convinieron todos en seguir con su intento: se juntó un gran número de gente proveídos de todas clases de armas llevando por guía al que les había dado la noticia y estando próximo al sitio donde el mismo había visto desaparecer al Pasagero, de cuyo cadáver aún ayaron los despojos, se fueron aposentando en la circunferencia de la montaña, donde a pocas horas vieron repentinamente aparecer el monstruoso Animal que buscaban. Este horrendo monstruo era de la magnitud de un caballo; pero su espantosa cabeza a especie de la de un León: en ella tiene dos astas a modo de las de un Buey: la punta de la nariz como un gran poco de Aguila: los dientes de un gran león: colmillos de Javalí: de a palmo y medio de largo: las orejas muy caídas: quatro tetas como Baca: el pecho poblado de pelo: los pies con garras muy largas: la cola de un Basilisco sobre seis palmos de largo, y la punta como flecha: del espinazo le salen seis espolones de Gallo; pero muchos mayores, y todo el cuerpo cubierto de conchas, tan juntas y tan unidas, que las balas no le hacían el menor daño. A vista de tan formidable monstruo desanimaronse los que les perseguían, y mucho más viendo que del primer ímpetu los hacía pedazos, Desistieron de su empresa, y dieron cuenta al Baxá, quien mando a dicha expedición un Regimiento de Caballería y otro de infantería, que se situaron en el parage que se acostumbraba a ver dicha Fiera, la que en efecto apareció la tarde del día 15 de Noviembre del año pasado de 1787, e inmediatamente que vio los caballos acometió con tal ferocidad a ellos, que se espantaron dichos animales de manera, que sin obedecer al freno ni a la espuela, echaron por tierra a la mayor parte de los Soldados, de los quales muchos acabaron en las garras de este monstruoso Animal, y los que lograron escapar y acogerse en un inmediato Bosque, desde él eran testigos del estrago que padecían sus compañeros. La Infantería, formada en la figura que en las evoluciones militares llaman puerco espín , procuraron marchando con singular unión, aguantar el ímpetu de este monstruo, que la vista del movimiento tan igual de la Tropa, lo timidó, y le hizo retirarse poco a poco al Bosque, con lo que animados los Soldados, dieron en perseguirlo hasta lograr ponerlo en una precipitada fuga, dando unes horribles ahullidos que atemorizaban. Los que al principio del ataque se habían retirado al bosque, se hallaron en nuevo peligro luego que sé entró en él el Monstruo, que añadiendo á su braveza natural el furor que le causó la persecución, todo lo que encontraba lo hacía pedazos; y viendo uno de los Soldados que estaban allí acogidos, que la Fiera se encaminaba hacia él, echó pies atrás, y el libertar la vida le animó a aguardarle, y enristrar la lanza tan oportunamente, que se la metió por la garganta, y cayó mortal en tierra. No puede explicarse el gozo general que este triunfo ocasionó a todos los sitiadores, que recobrando valor acudieron á emplear sus armas en la moribunda bestia, no logrando herirla á su satisfacción, porque con el violento movimiento de las ansias de la muerte, y sacudidas de la cola, derribó á muchos, que algunos murieron, y otros quedaron muy mal heridos. El júbilo que causó la muerte de este Monstruo fué general por todos aquellos Pueblos circunvecinos, que estaban en el mayor conflicto, pues en un mes, además de los ganados de todas especies, se echaron menos quarenta y nueve personas conocidas: concurrieron á la montaña infinitas gentes para ver la Fiera muerta, la que fué conducida en un Carro á Jerusalén, donde se han sacado retratos para todas las partes del Mundo".
Para contrarrestar ese mundo de fantasías tan del gusto popular extraigo un fragmento del polígrafo y ensayista benedictino Fr. Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) donde expresa su opinión sobre estos seres.
 “Ya se sabe que en ninguna parte de la Tierra hay Pigmeos, ni Ojancos, ni Hipógrifos, ni hombres con cabezas caninas, ni otros con los ojos en el pecho, ni aquellos de pie tan grande, que con él hacen sombra a todo el cuerpo, u otras monstruosidades semejantes. Con todo, aún ha quedado mucho que purgar en la Historia Natural, por la obstinación de algunos modernos en trasladar ciegamente las patrañas que dejaron escritas los antiguos”.

(Fr. Benito Jerónimo Feijoo: Teatro crítico universal. Tomo segundo (1728), discurso segundo)

Reproduzco varios ejemplos sobre esta fiera editada en pliegos de cordel por diferentes impresores. En la primera de ellas no aparece ni el lugar de impresión ni el año.



Reproduzco a continuación la editada en Madrid, sin año, por el editor Celestino Apaolaza.





Por último, reproduzco la portada del pliego editado en Barcelona por A. Bosch en 1860.

Imprenta de A. Bosch y compañía, Ramalleras, 15 (1860)

Antonio Lorenzo

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