martes, 28 de febrero de 2017

Pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, flamantes, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos... (II)


Un lechuguino es aquel que, recién salido de la adolescencia, trata de aparentar más edad de la que tiene, siempre preocupado por la vestimenta y tratando de ser elegante para enamorar a las mujeres con una afectada delicadeza a la que acompaña con exagerados ademanes y movimientos.

Su relación con personajes, como los pisaverdes o petimetres es evidente. Así lo recoge el ilustre escritor costumbrista Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882) en su descripción del personaje en Tipos y caracteres: bocetos de cuadros de costumbres (1843 a 1862).

Éste era un tipo inocente del antiguo, que existió siempre, aunque con distintos nombres, de pisaverdes, currutacos, petimetres, elegantes, y tónicos. -Su edad frisaba en el quinto lustro; su diosa era la moda, su teatro el Prado y la sociedad. Su cuerpo estaba a las órdenes del sastre, su alma en la forma del talle o en el lazo del corbatín. - Qué le importaban a él las intrigas palaciegas, los lauros populares, la gloria literaria, cuando acertaba a poner la moda de los carriks a la inglesa o de las botas a la bombé! Cuando se veía interpelado por sus amigos sobre las faldas del frac o sobre los pliegues del pantalón! Existencia llena de beatitud y de goces inefables, risueña, florida, primaveril! Y no como ahora nuestros amargos e imberbes mancebos, abortos de ambición y desnudos de ilusiones, marchitos en agraz, carcomidos por la duda, o dominados por la dorada realidad! Dichosos aquéllos, que más filósofos o más naturales, se dejaban mecer blandamente por las auras bonancibles de su edad primera; estudiaban los aforismos del sastre Ortet; adoraban la sombra de una beldad, o seguían los pasos de una modista; danzaban al compás de los de Beluci, y tomaban a pecho las glorias de la Cortesi, o los triunfos de Montresor! Qué tiempos aquellos para las muchachas pizpiretas en que el Lechuguino bailaba la gabota de Vestris y no se sentaba hasta haber rendido seis parejas en las vueltas rápidas del wals! Qué tiempos aquellos, en que se contentaba con una mirada furtiva, y contestaba a ella con cien paseos nocturnos y mil billetes con orlas de flechas y corazones!... Qué te has hecho, Cupido rapazuelo (que tanto un día nos diste que hacer) y no aciertas hoy al pecho de nuestros jóvenes mancebos, los escépticos, los amargos, los displicentes, a quien nadie seduce, que en nada creen, que de nada forman ilusión? Oh Lechuguino! Oh tipo fresco y lleno de verdor! Dónde te escondes? Oh muchachas disponibles! Rogad a Dios que vuelva; con sus botas de campana y sus enormes corbatas, sus pecheras rizadas y sus guantes de algodón. Rogad que vuelva, con sus floridas ilusiones y su escasa ilustración; con sus idilios y sus ovillejos; y sin barbas, sin periódicos, y sin instinto gubernamental
Las críticas a estos personajes y a sus extravagancias fueron motivo de sátira en comedias, como en este Aviso a las solteras, o sea, el joven sensato y los lechuguinos calaveras, obra del italiano Antonio Morrocchesi, si bien oculto tras seudónimo; o El aviso a los lechuguinos, o sea, la juventud extraviada, por un eclesiástico amante de su patria, donde se critica a los jóvenes que siguen las modas de París y "corrompen el espíritu español" [sic].


















Reproduzco una serie de ejemplos de literatura popular impresa, en su forma de "ventalls", nombre genérico de abanicos en catalán, donde se pegaban, a modo de banderola, una hoja impresa de papel doble.





























©Antonio Lorenzo

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