martes, 21 de febrero de 2017

Pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, flamantes, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos... (I)


Pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, flamantes, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos, pirracas, lindos..., todos estos términos, sin descender a sus distintos matices, tienen una serie de características comunes, como son: la imitación de las modas francesas en cuanto a modales y vestimenta, el acendrado narcisismo y la afectación en las costumbres, su falsa erudición, el cortejo a las damas, el desprecio por lo 'nacional' (representado por el majismo y el casticismo), junto al afeminamiento de ademanes y gestos y su gusto por los perfumes y acicalados.

Obviamente, hay matices que son más característicos o propios de cada término, como los maridos consentidores y calzonazos (gurruminos), los petimetres (del francés petit mâitre, 'pequeño maestro', equivalente más o menos a nuestro "señorito") o los pisaverdes, (término más antiguo según recoge Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), "llamados así por andar pisando de puntillas por prados donde hay hierba y humedad para no mojarse los lazos de los zapatos", término que fue cediendo espacio ante los neologismos de petimetre y currutaco (derivado este último, según Corominas, de la voz curro y su cruce con retaco, 'rechoncho').

Personajes todos ellos que, con distintas denominaciones, aparecen con frecuencia en el teatro breve del siglo XVIII (tonadilla escénica, entremeses y sainetes) como destinatarios de sátira y burla, pues los autores usan su afeminamiento y extravagancia como elementos estratégicos y escénicos para conseguir efectos cómicos y burlescos. Estos personajes son deudores y continuadores del conocido personaje barroco del figurón, especialmente en la segunda mitad del siglo XVIII.


La nueva comicidad se detiene en estos personajes coincidiendo con la imitación de las costumbres, especialmente francesas, en los ambientes urbanos. El seguimiento cronológico del léxico se hace especialmente difícil por la superposición de términos como equivalentes a lo largo del tiempo. La prensa costumbrista del siglo XVIII (El Pensador, El Censor, Correo de Madrid, El Observador, etc.) recogen en muchas de sus páginas alusiones sobre sus comportamientos y hábitos sociales de una forma suelta y desordenada, lo que daría paso, pero ya en la primera mitad del siglo XIX a los artículos de costumbres con las limitaciones propias que ya exigía cada medio impreso.

Un aspecto interesante y no tenido muy en cuenta sobre la lexicografía de los usos y costumbres es el referido a los no pocos libros o folletos de la primera mitad del siglo XVIII encabezados con la palabra 'diccionario'. No se trata de los diccionarios al uso, sino a los llamados diccionarios burlescos o satíricos, cuya oculta finalidad era la de servir de argumentario satírico a enfrentamientos ideológicos contra los adversarios políticos. No hay que olvidar que estos 'diccionarios' se publicaron profusamente tras promulgarse en España la libertad de imprenta por las Cortes de Cádiz en 1810. Un año más tarde se publicó el célebre Diccionario crítico-burlesco de Gallardo, como réplica a uno anterior y prototipo de los enfrentamientos entre 'liberales' y 'serviles' en el Cádiz de entonces.

Pero lo que resulta en nuestro caso de interés, no es atender al vocabulario de corte político que contienen sino al referido a los usos y costumbres que recogen estos folletos y que nos informan sobre los usos extranjerizantes a los que satirizan.

Dentro de los diccionarios burlescos, el conocido por Diccionario de los flamantes. Obra útil a todos los que la compren, publicado el año 1829 por un tal Sir Satsbú, seudónimo del periodista catalán Vicente Joaquín Bastús y Carrera, expresa en la misma dedicatoria:
[...] ¡oh vosotros que sois el brillo, la gloria, la admiración y el encanto de vuestra patria! ¡oh vosotros llamados antiguamente currutacos, después petimetres, en seguida pisaverdes, luego lechuguinos y finalmente condecorados con el pomposo y significante nombre de FLAMANTES! Recibid esta obra como un homenaje debido a vuestra originalidad...".
Y sobre el término flamante, que parece más bien una invención del autor ya que apenas tuvo continuadores, en el sentido del que va siempre 'flamante y a la última', escribe:
"Nombre nuevo y altisonante que acaba de darse a los ex-currutacos, petimetres, y lechuguinos... En algunas partes se tiene entendido que les llaman también 'Heterogéneos', nombre que por ser algo griego no hemos adoptado".

Amparado bajo el disfraz de diccionario recoge en él un interesante vocabulario, siempre en tono jocoso, sobre las modas y costumbres dieciochescas de hombres y mujeres. Tal fue su éxito que catorce años después (1843) fue copiado y pirateado por un desconocido que se hizo llamar "El-Modhafer", añadiendo, copiando o modificando la primitiva edición de 1829.

El cambio de las costumbres en la vida cotidiana de las gentes urbanas dieron lugar a los estereotipos a los que nos referimos. A través del teatro y de la prensa (a lo que añado la desatendida literatura popular impresa que reivindico) se satirizaban estos cambios de conductas que indicaban una cierta alteración del orden social establecido.

Carmen Martín Gaite, en su iluminador estudio Usos amorosos del dieciocho en España (basado en su tesis doctoral de 1972), ilustra magistralmente la práctica del 'chichisveo' y el cortejo, esto es, la práctica socialmente aceptada por las clases altas, y con la aprobación del marido, por la que un caballero acompañase desinteresadamente a una señora casada a la iglesia o a los salones, le diese conversación, la sacase de paseo, le informase de cotilleos y noticias, opinase sobre su vestimenta, etc.. En el exordio preliminar apunta una sugerente hipótesis:
"La moda del cortejo, por muy pueril y estúpida que fuera, supone una importante revolución en las costumbres femeninas españolas, significa la semilla de un primer conato explícito de malestar matrimonial y da lugar, por vez primera a través de las polémicas que desencadenó, a una relativa toma de conciencia -aún cuando muy minoritaria- con respecto a posibles reivindicaciones de la mujer en la sociedad".
Sobre estas figuras arquetípicas ya contamos con estudios de interés en su relación con léxico y con el teatro del siglo XVIII, así como su incidencia en la mentalidad de la época. Pero creo que no se ha tenido suficientemente en cuenta la aparición de estos personajes en los pliegos de cordel, ejemplos de literatura popular impresa en sus diversas modalidades. Pretendo ilustrar con algunas muestras la aparición de estos personajes, tanto en pliegos como en "ventalls" (abanicos), o en opúsculos y folletos baratos que gozaron de gran difusión.

En una primera aproximación me voy a detener en la obra Currutaseos. Ciencia currutaca o ceremonial de currutacos (1799).


Bajo las iniciales F.J.A.M. se esconde la figura de Fray Juan Fernández de Rojas (1750-1819), quien formó parte del círculo de poetas ilustrados de la Escuela salmantina; autor también, bajo el seudónimo de Francisco Agustín Florencio, de una Crotalogía o ciencia de las castañuelas (1792), donde desarrolla también una crítica jocosa sobre los hábitos sociales, científicos y literarios que nos venían de los enciclopedistas franceses.

Entresaco algunas de sus observaciones de su ciencia currutaca y la singularidad que deben observar y fomentar sus miembros:
"La ciencia currutaca es una ciencia que extrae a las currutacas y currutacos de la clase de españoles en el vestir, hablar y andar; hasta conducirlos a una perfección extraordinaria".
 Más tarde señala que:
 "No habiendo singularidad no habrá perfección. Para que no se olvide esta importante doctrina esta será regla general: Cuando pitos, flautas, cuando flautas pitos."
La ciencia currutaca, prosigue, se divide en vestuaria, loquaria y ambularia. La primera enseña a vestir metódicamente; la segunda, da reglas para buscar y usar palabras o expresiones convenientes; y la ambularia nivela los movimientos de los huesos, músculos y tendones para andar con perfección extraordinaria. Sobre esta última característica, añade más adelante: que el objeto 'material' de la ambularia son los huesos, cartílagos, o ternillas del currutaco; y el 'formal' es el "compás, o bella disposición, que todas estas partes deben observar en el movimiento progresivo".

Siguiendo con estas jocosas distinciones el autor considera entonces que "un tullido o aquel que solo tiene un vestido a la antigua, está inhabilitado para ser currutaco"; al igual que los frailes, "por no mudar de traje ni diferenciar colores". Concluye el opúsculo con una serie de preceptivas hilarantes sobre las combinaciones y rituales que deben observar tanto ellos como ellas.























Para ilustrar el tratamiento de estos personajes en los pliegos de cordel reproduzco dos ejemplos: el primero, reimpreso en Lérida por Buenaventura Corominas en 1841; y el segundo, sin año y sin pie de imprenta. El primero tiene por autor a un tal Pablo Cruzado, del que no sabemos nada, autor a su vez de otros pliegos de tono burlesco, como el titulado: Las bromas de las mujeres. Relación jocosa y verdadera de los trágicos azares que ocasionan las mujeres amigas de bromas y licores a sus pobres maridos, sin atender al corto jornal que ganan, con lo demás que verá el lector, pliego del que conocemos ediciones de José Mª Moreno en Carmona; de Marés, en Madrid, o la de Pedro Belda, en Murcia, estas últimas reproducidas en este blog: 

http://adarve5.blogspot.com.es/2015/04/tragicos-azares-que-ocasionan-las.html

http://adarve5.blogspot.com.es/2015/09/lo-que-ocasionan-las-mujeres-amigas-de.html

Chasco de un sastre y su mujer a un lechuguino soltero

Este hilarante pliego desarrolla un conocido argumento recogido numerosas veces como cuento, tanto por tradición oral como en pliegos, si bien en estos últimos los personajes objeto de la burla suelen ser curas o sacristanes. Corresponde al Tipo 1730 del Índice de tipos elaborado pos Antti Aarne y Stith Thompson bajo el título de Los pretendientes atrapados.





El currutaco de Sevilla














©Antonio Lorenzo


martes, 14 de febrero de 2017

Pliegos de cordel y zarzuela: "La peseta enferma"



Nos encontramos en tiempos del primer gobierno de Eugenio Montero Ríos (del 23 de junio de 1905 al 1 de diciembre del mismo año), cuando apenas unos días antes se produjo el estreno de la zarzuela La peseta enferma en el madrileño Teatro Moderno el día 8 de junio de 1905, zarzuela en un acto con libreto de José y Fernando Pontes y música de Ruperto Chapí. Dicha zarzuela hay que enmarcarla en el contexto político de una permanente crisis, y es situación que aclara y contextualiza el argumento de la obra. Recordemos que, en 1905, tan solo hacía tres años que Alfonso XIII fue proclamado rey con apenas dieciseis años. A ello se unió el declive por la pérdida del comercio de ultramar y la reciente pérdida de las colonias, junto a la crisis generalizada de la situación política. Recordemos  que entre 1902 y 1907 se sucedieron trece gobiernos con nueve presidentes.

La actividad cultural, en cambio, no dejó de producir nuevas creaciones: en junio del mismo año, se estrenó en Barcelona "Rosa de otoño", de Jacinto Benavente y en noviembre se estrenó en el Teatro de la Comedia la obra "Amor y ciencia" de B. Pérez Galdós y en el Teatro Apolo "El amor en solfa", de los hermanos Álvarez Quintero, y en diciembre la comedia "Los malhechores del bien", de Jacinto Benavente, en el Teatro Lara.


Si atendemos al reparto nos podemos hacer una idea de la intención satírica de la misma.


Lo que nos viene a contar más o menos la zarzuela es como sigue: ante la enfermedad de la peseta, aquejada de "internacionalitis-aduanístico cambista, con síntomas agudos de depreciación", don 'Sentido Común', que preside el Consejo de Ministros quiere que la peseta escuche a sus parientes de otros países, donde la situación parece ir mejor: la libra, el chelín, el marco, el rublo...

La abuela, que no es otra que la 'Onza pelucona' y siempre fue una moneda respetada, reprocha a su nieta, 'la peseta', el que su marido 'el duro' debería valer cinco veces más, pero que ha resultado ser un fiasco y es conocido por 'el sevillano'. También reprocha a su descendencia: 'el perro gorda', el 'perro chico' y 'el centimito', su falta de valor. 

Pero aparece 'la Pepita de oro', presumiendo de su condición de metal precioso, junto al 'Portugués' y 'La Perdigona', conocidos y famosos timadores, a los que el propio gobierno les ha instalado un despacho y vienen acompañados de los doctores 'Industria', 'Comercio' y 'Agricultura', que vienen a dar la puntilla a la pobre peseta, porque..., "mientras ellos vayan tirando, que revienten los demás".

En su conjunto, la zarzuela no está exenta de crítica, pues los timadores, dirigiéndose al público, relatan que en España se ha abierto hace mucho tiempo una escuela superior del timo, entre ellos: la fianza nunca recuperada, el timo de la obligatoriedad de cierre de los negocios los domingos, el timo de las multas por no respetar los horarios de cierre, el timo de los hijos de la gente bien para no ingresar en las quintas por ser declarados inútiles para el servicio, etc.

Así recogía el "Diario Madrid", al día siguiente de su estreno, la noticia de la representación:


El pliego, que recoge los tangos de los timos, está editado en Madrid por la Imprenta Universal de la calle Cabestreros, 5.





Escenas de la representación




La prensa recogió así el éxito de la pieza:


"En la noche del estreno y en las sucesivas representaciones, el público ha hecho repetir casi todos los números de la partitura, especialmente el de la onza pelucona y el de la libra esterlina y el luis (...) La obra ha sido presentada con la propiedad y buen gusto que acostumbra la empresa".
©Antonio Lorenzo

martes, 7 de febrero de 2017

La tía Marizápalos o la reina de las brujas

Francisco de Goya - "El aquelarre" (1797-98)
Hechicería y brujería, aunque suelen considerarse como términos equivalentes, lo propio de sus prácticas pueden deslindarse si atendemos a las manifestaciones recogidas literariamente a lo largo de los siglos. Las definiciones recogidas en los diccionarios no arrojan una clara diferenciación entre la hechicera y la bruja.

La hechicería se asocia más con la práctica y con los preparados, pócimas o filtros de hierbas usados mediante conjuros o invocaciones para conseguir determinados fines.

No resulta fácil establecer claras diferencias entre la hechicería y la brujería, pues a menudo aparecen juntas y para diferenciarlas en cierto grado hay que adoptar diferentes puntos de vista: desde disciplinas como la antropología o a través de su tratamiento en la literatura a lo largo del tiempo.

Tampoco resulta clara la distinción entre magia y hechicería, cuyas fronteras son borrosas y se superponen. Rossel Hope Robbins, en su Enciclopedia de la brujería y demonología (1959) (Madrid, Debate, 1988), establece una interesante distinción entre una y otra acudiendo a la documentación de los procesos de la Inquisición española. Sostiene que fue la Inquisición la que convirtió las antiguas y universales prácticas hechiceriles en brujería en cuanto esta última niega y repudia al dios cristiano convirtiéndose en herejía.


Puede afirmarse, aunque con cautela, que lo característico de la bruja es que tiene un pacto expreso con el diablo, mientras que la simple hechicera no. Ciertamente la bruja se vale de hechizos para conseguir sus fines benéficos o maléficos, pero no todas las hechiceras son brujas. Aunque ambos términos se han considerado como sinónimos existen matices entre ellos: la hechicería suele asociarse a prácticas individuales, solitarias y urbanas, mientras que la brujería suele ser una práctica más comunitaria y de corte rural. Esta distinción puede ampararse también en que la hechicera práctica tanto la llamada magia blanca como la magia negra, mientras que la bruja lo hace solo con la negra.

Eva Lara Alberola, en su esclarecedor libro Hechiceras y brujas en la Literatura Española de los Siglos de Oro, (Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2010), realiza un pormenorizado estudio desarrollando las diferentes tipologías mágicas femeninas y sus arquetipos a través de las obras literarias de los siglos XVI y XVII. En su recorrido, analiza y distingue desde la famosa hechicera celestinesca hasta las hechiceras de carácter burlesco o grotesco, pasando por lo que denomina hechiceras étnicas (moras, moriscas, judías, conversas o gitanas), donde no existe la homogeneidad presente en las otras tipologías o arquetipos y pueden presentar diversas combinaciones.

El personaje de la bruja que aparece en los cuentos de hadas, novelas, relatos infantiles, e ilustraciones, así como en los relatos de tradición oral, se apartan de esa primitiva visión de la hechicera celestinesca de los Siglos de Oro y toma fuerza una descafeinada bruja más orientada hacia lo burlesco y humorístico y desprendida del carácter teológico en cuanto a su pacto con el diablo que la caracteriza. Su tratamiento en obras cortas: entremeses, diálogos o pasillos buscan más el humor a través de los enredos y equívocos situacionales que a provocar miedo o terror.

El nombre de Marizápalos, usado en este caso como prototipo de bruja, tiene otros antecedentes que aparentemente nada tienen que ver con su relación brujeril. Aparte de un antiguo baile y de una composición de igual título del músico barroco Gaspar Sanz, autor del primer método de guitarra barroca y base de la técnica de la guitarra moderna, también se conoce como Marizápalos a María Inés Calderón, conocida como "La Calderona", quien fuera amante del rey Felipe IV y madre del bastado real Juan José de Austria.

Gonzalo Correas recoge en su famoso Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627) la voz "Mari(z)árpalos", como "mujer desaliñada, que arrastra y da las faldas en los zancajos", pero desligada de cualquier identificación con un personaje. 

El nombre de Marizápalos, al igual que otros muchos nombres de carácter folklórico y popular, conllevan en sí mismos una simbología evocadora y actúan en el lector-oyente a modo de imagen referencial con connotaciones y significado propio. En la tradición popular folklórica (cuentos, refranes, cantares...), el uso de determinados nombres (antropónimos) lleva aparejada una función referencial y simbólica que sobrevuela sobre lo meramente explícito. Es el caso, entre otros muchos, de las "Maricastañas", "Maripérez", "Marigüelas", "Menguillas", "Gil", "Pero Grullo", o los más genéricos de "Marías" y "Juanes".

Los nombres asociados a la brujería varían según las regiones. En Galicia, se identifican con las Meigas, Marimantas o María Soliña; en  Cantabria, con la Guajona; en Cataluña, con María Bruta, La Pesanta o La Patusca; en Andalucía, con la Tragantía; en Extremadura, con la Jáncana, Pantaruja o la Marizápalos, etc.

La aleluya editada en Madrid por la Librería y Casa Editorial Hernando, s.a., nos presenta una visión de la bruja Marizápalos basada mucho más en el humor que en el desarrollo de su artes hechiceriles.






Es a mediados del siglo XIX cuando el tema de la brujería retoma fuerza como argumento literario de consumo popular. Las llamadas "Comedias de magia", como La pata de cabra, de Grimaldi (a la que dediqué una anterior entrada: http://adarve5.blogspot.com.es/2017/01/coplas-y-aleluyas-de-la-pata-de-cabra.html) o La redoma encantada, de Hartzenbusch, estrenada en 1839, inciden en presentarnos a personajes relacionados de algún modo con la brujería, pero ya en clave burlesca y en claro proceso de infantilización. Obra, por cierto, de la que existe recreación tanto en cromos de antiguos envoltorios de chocolates como en aleluyas como la reproducida.





Escritores costumbristas de mediados del siglo XIX utilizan aspectos de la brujería como recursos humorísticos que nada tienen que ver con las prácticas hechiceriles de los personajes literarios de siglos anteriores. La asociación del nombre de Marizápalos con la brujería no parece ser muy antigua, si bien se ha mantenido en la tradición oral y en las comedias de magia del siglo XIX.

El Diario de Madrid, con fecha del 25 de enero de 1840, ya daba la noticia de la nueva publicación de La Tía Marizápalos, de la que se alcanzaron varias ediciones.


















En 1902, Publio Hurtado recoge en su obra Supersticiones extremeñas los desaguisados de la bruja Marizápalos en el pueblo de Navas del Madroño (Cáceres).


Escritores como Juan Martínez Villergas, colaborador del periódico satírico y de carácter festivo "La risa", de apenas año y medio de vida entre 1843 y 1844, bien conocido por sus poesías de corte satírico y burlesco, incluía bajo el título de "La casa del duende" en sus Poesías jocosas y satíricas, de las que se conservan varias ediciones, esta mención a Marizápalos.

                                                     "...Uno decía: yo he visto
                                                     por la ventana bailar
                                                     a la bruja Marizápalos
                                                     con el mismo Satanás.
                                                     Y otro afirmando añadía,
                                                     que estaba bailando un wals
                                                     un mochuelo que llevaba
                                                     grandes botas de montar..."

La bruja Marizápalos en los pliegos de cordel

Los efímeros pliegos de cordel también se han hecho eco de las prácticas de nuestra bruja, según recoge Carmen Azaustre en su útil trabajo Canciones y romances populares impresos en Barcelona en el siglo XIX, C.S.I.C., 1982, del que entresaco algunas de sus fichas y que desgraciadamente no he podido consultar.





©Antonio Lorenzo