En estos dos populares pliegos se exponen, con el humor propio del imaginario popular de la época, los motivos e inconvenientes por los que un hombre decide no casarse. Se manifiesta en ellos las motivaciones consideradas como ventajas en su defensa de mantener la soltería frente a los problemas que podría ocasionar el casamiento.
Se conocen variados escritos donde se recogen las razones expuestas por los hombres para no casarse, al igual que sucede con las mozas solteras enfrentadas a los deseos de sus padres para que se casaran. La visión del estereotipo de la mujer soltera consistía en la pretensión de asignarles un prometedor futuro considerando el matrimonio como la mejor alternativa para ellas. La propia identidad de las mujeres, dentro de la sociedad patriarcal donde se desenvolvían los padres de entonces, y motivados por factores religiosos, culturales o económicos, trataban de anular o coaccionar los propios deseos inherentes de la moza soltera. Ello venía a dificultar o a impedir el que la mujer alcanzara su propia plenitud personal o emocional.
En aquella época, los padres preparaban a sus hijas de una forma planificada para el matrimonio, puesto que las opciones de que se quedaran solteras y se las conocieran con el despectivo término de solterona, tenía por salida la de meterse a monja, lo que no era de lo más aceptado dentro de la sociedad patriarcal decimonónica. Las mujeres que no se querían casar, o no querían tener hijos, quedaban estigmatizadas con frases como: "Te vas a quedar para vestir santos" o "Se te va a pasar el arroz". Si las razones de los mozos solteros eran más admitidas o entendibles para preservar su independencia, no ocurría igual con las mujeres dentro de una sociedad machista donde el matrimonio gozaba de una gran idealización y popularidad, previos, sin duda, a los posteriores cambios ideológicos.
En cuanto a los hombres, lo tratado en estos pliegos guarda estrecha relación con conocidas frases, refranes o dichos populares en defensa de su soltería y recogidos básicamente en las dos proverbiales frases que aparecen y se deslizan en los pliegos:
* Cada cual hace de su capa un sayo* El buey suelto bien se lame* El martes ni te cases ni te embarques* No firmes sin leer ni te cases sin ver* Quien mal se casa, tarde enviuda* Si te casas, te encierras y te entierras* Matrimonio y mortaja del cielo baja
El sentido figurado de la primera frase "Cada cual hace de su capa un sayo", desde un punto de vista actual puede resultar un tanto incomprendido al no utilizarse actualmente ninguna de las dos prendas que se citan en tan conocido dicho. Procedente de la sabiduría popular, el sayo se refería a una especie de túnica holgada que llegaba hasta las rodillas, ya fuera como poco ceñida o sin ceñir. La frase viene a significar que, con absoluta libertad y libre albedrío, se vendría a dignificar la propia voluntad por el cambio de ropa tan extravagante al tener en cuenta su propio criterio personal y sin importarle la opinión de los demás.
Más conocida es la segunda frase "El buey suelto bien se lame", que, al estar sueltos y sin que su cuello o cabeza esté atado a ningún yugo, pueden girar y lamerse a su antojo para curarse o limpiarse con el metafórico sentido de poder llevar una vida sin compromisos y así poder gozar de una mayor libertad.
Desde el punto de vista literario, el escritor José María de Pereda utilizó de una forma apocopada "El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón" como título de una de sus novelas publicada en el año 1878. La novela desarrolla la vida de un solterón, llamado Gedeón, quien, tras la muerte de su padre se ve enfrentado a la necesidad de establecer un nuevo orden en su vida y centrándose en las costumbres de la vida rural en Cantabria.
Otra de las novelas donde se alude a la soltería de los hombres es la escrita a finales del siglo XIX por la gran erudita gallega Emilia Pardo Bazán, defensora de los ideales feministas, titulada Memorias de un solterón, nos introduce en la profunda transformación del papel de la mujer en la sociedad de entonces.
Las representaciones teatrales tampoco olvidaron los deseos de los hombres solteros. José Picón, especializado en comedias de costumbres y libretos de zarzuela, fue el creador en un acto y en verso de El solterón, que fue estrenado con gran éxito en el madrileño Teatro del Príncipe el 15 de marzo de 1859.
En estos dos primeros pliegos reproducidos se reivindica la posición adoptada por un mozo casadero para mantener su soltería amparándose en distintas previsiones y motivos para sostener su postura.























































