jueves, 9 de abril de 2020

Salid hijas de Sión + La pasión de Cristo + Contrato de Judas para vender a Jesús

Grabado xilográfico del pliego editado por Corominas (Lérida, 1852)
Adjunto un raro y poético pliego impreso en Barcelona en la segunda mitad del siglo XVIII por los herederos de Juan Jolis, continuadores de la actividad impresora que inició su fundador, Juan Jolis, el año 1680. Según datos consultados, los herederos de Juan Jolis centraron su actividad entre los años de 1760 y 1770. 

Del pliego que reproducimos se conocen otras ediciones provenientes de otros talleres donde se añaden o suprimen composiciones. La autoría glosada del texto de la pasión, se atribuye a Francisco Ledesma, aunque puede resultar dudoso. Con el comienzo «Salid hijas de Sión» (considerado Sión como sinónimo de Jerusalén) se conoce un anterior y al parecer único ejemplar editado en 1608 en Alcalá de Henares por la viuda del impresor Juan Gracián. La portada del impreso designa como autor a un desconocido Diego Vázquez de Murcia, según recoge la noticia que puede consultarse a través del enlace. 


No sabemos, por tanto, la atribución exacta de la autoría de las glosas de la pasión, como tampoco tenemos constancia sobre el desconocido autor de «Salid hijas de Sión», aunque su texto, de procedencia más bien culta, con supresiones o adiciones puntuales, ha servido para ser recitado o cantado en las procesiones de Semana Santa de algunas localidades de las que conocemos testimonios y que remontan al siglo XVI. 

En los oficios que se celebraban en algunas localidades aragonesas, como en Ibdes (Comunidad aragonesa de Calatayud), se entonaba con melodía repetitiva en la procesión previa a los oficios el «Salid, hijas de Sión, salid muy apresuradas...». Otro modelo de pervivencia de las tradiciones del siglo XVI donde ya se conocía esta composición, consistía en que las cofradías entonaban composiciones relativas a la muerte y sufrimientos de Cristo, siendo el «Salid hijas de Sión», una composición muy repetida y recogida en cuadernillos manuscritos, por tradición oral o, como en el caso que nos ocupa, reproducida en pliegos de cordel.

Censura inquisitorial

Un dato interesante que suele pasar desapercibido es la censura inquisitorial ejercida sobre una de las composiciones recogidas en el pliego, como es la referida a la «Venta y contrato que hizo Judas cuando vendió a Cristo señor nuestro», censura recogida en el edicto del uno de febrero del año 1793, según consta en el Índice de libros prohibidos por el Santo Oficio de la Inquisición española, recopilado por León Carbonero y Sol; Madrid, Imprenta de Antonio Pérez Dubrull, 1873


En el pliego no se indica el nombre del autor, pero en el edicto inquisitorial aparece compuesto por el licenciado Ramón Galve y Trujillo, del que no hemos encontrado datos.

Esta «Venta y contrato de Judas», a pesar de contar con una ascendencia evangélica, recoge una serie de añadidos y supuestos que a los ojos de una ortodoxia católica pueden considerarse como apócrifas alteraciones que no encuentran acomodo en los textos evangélicos.

Uno de los objetivos de la Inquisición era el de perseguir mediante prohibiciones la edición de todo tipo de libros o folletos para tratar de desarraigar los errores y supersticiones contrarios al dogma y buen uso de la religión, así como el de combatir las opiniones relajadas que perviven en la moral cristiana. Sin embargo, gracias a la dificultad para impedir la comercialización de estos efímeros impresos populares, básicamente comercializados por vendedores ambulantes, han logrado pervivir y llegar hasta nuestros días.








©Antonio Lorenzo

domingo, 5 de abril de 2020

Milagros atribuidos al santo Ángel de la Guarda


Los pliegos que reproduzco en esta entrada contienen unos inverosímiles milagros de un no menos inverosímil Ángel de la Guarda, sorprendente y figurado acompañante en la vida de todo cristiano, según la versión católica de la iglesia, y ampliamente difundido mediante los catecismos escolares que muchos hemos conocido.

Antes de comentar algo sobre el Ángel de la Guarda, detallo de forma rápida los milagros que aparecen en el pliego y que vienen a ser ejemplos de manifestaciones de una religiosidad o catolicismo popular.
Milagro uno: la intercesión del ángel impide que un lobo ataque a los niños indefensos.
Milagro dos: el ángel proporciona dinero y comida a una viuda bien parecida para que rechazara recibir dinero externo con el fin de comprar sus favores.
Milagro tres: el ángel auxilia a un labrador convirtiendo a unos ladrones en piedras de mármol.
Milagro cuatro: el ángel ayuda a un anciano a transportar un fajo de leña y que no se sabe cómo aparece en su habitación.
Milagro cinco: el ángel contraviene los deseos de un hombre de hacerse ladrón dándole dinero.
Milagro sexto: por mediación del ángel se salva un navío amenazado de hundirse por una tormenta.
Tras la oración donde se relatan estos sorprendentes milagros debidos a la mediación del santo, se incluye para completar algunos de los pliegos una extravagante oración para los ajusticiados, a la que sigue otra oración y milagros de la Virgen de las Nieves, «abogada de rayos y centellas y de malas nubes de tribulación» auxiliando a todos aquellos que lleven encima su estampa.











Para la iglesia católica la existencia de los ángeles como seres espirituales, no corporales, es una verdad de fe operando como servidores o mensajeros de Dios donde se reconoce su ayuda misteriosa.

El vigente catecismo oficial de la iglesia católica recoge lo siguiente:
Desde su comienzo (cf. Mt 18, 10) hasta la muerte (cf. Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf. Sal 34, 8; 91, 10-13) y de su intercesión (cf. Jb 33, 23-24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida" (San Basilio Magno, Adversus Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios. 
Su existencia no es una creencia dogmática de la Iglesia Católica, en el sentido de constituir una verdad absoluta y completamente segura sobre la que no cabe ninguna duda, pero se admite su existencia siguiendo otras enseñanzas que se han transmitido a lo largo de los siglos y que serían consistentes con las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo (18:10), donde se lee respecto a los ángeles guardianes: «porque os digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos».

La difusión devocional al Ángel de la Guarda se propagó en siglo XVI en el fragor de las luchas religiosas: los católicos de adhirieron a su devoción, mientras que Lutero y Calvino la condenaron. Ya en el siglo XVII su devoción estaba tan generalizada que el papa Clemente X (en 1670) lo impuso para la iglesia católica universal. La idea fundamental es que un ángel nos acoge al nacer y nos guía y ama desde nuestra infancia, camina a nuestro lado, vela por nosotros y nos acompaña hasta la muerte.

Pero donde más ha arraigado en la mentalidad popular la presencia del Ángel de la Guarda ha sido a través de las enseñanzas de los catecismos a lo largo de los siglos.

La tradición popular del Ángel de la Guarda

Los catecismos han tratado de inculcar, mediante la repetición memorística, un conjunto de doctrinas a través de preguntas y respuestas, que es como desde antiguo se cree que de este modo el pensamiento avanza para fijarse en la mente de los niños según la acreditada técnica catequística de fomentar la memoria a base de la repetición. De una forma u otra, desde los inicios de la era cristiana se conoce este sistema de preguntas y respuestas trabadas, a modo de síntesis teológicas, que han llegado hasta nuestros días.

En la época del conocido como nacional-catolicismo, donde se confundía y entremezclaba la religión y la política, no se tuvo en cuenta la indicación del papa Pío XII donde reconocía «la sana y legítima laicidad del Estado» como propia de los tiempos modernos. El Concordato de 1953 suscrito con la Santa Sede no lo tuvo en cuenta ni se hizo cargo de esta indicación sosteniendo que no se permitieran otras manifestaciones que las de la religión del Estado, identificada con la única religión verdadera que era la católica.

El ángel protege a los niños en un peligroso acantilado o en su travesía por un puente roto
La obligada enseñanza dictada por el Ministerio de Instrucción Pública en todas las escuelas españolas incluía el conocido como catecismo, cuyas consignas se fueron dulcificando con el paso de los años y ya no se contestaba a la pregunta recogida en el catecismo patriótico español: ¿cuáles son los enemigos de España?: los enemigos de España son siete, el liberalismo, la democracia, el judaísmo, la masonería, el capitalismo, el marxismo y el separatismo. Aún así, nuestro fabuloso acompañante en la sombra, se recogía los conocidos catecismos del Padre Claret, el Astete o el Ripalda. 

Los catecismos para niños se conocen desde antiguo donde se enseña la doctrina cristiana mediante un juego de preguntas y respuestas. Para un adulto, no digamos para un niño, resulta inentendible y asombroso que la Trinidad se refiere a tres personas divinas, pero que no son dioses, porque solo hay una naturaleza divina única. A la pregunta en el «Nuevo Ripalda»: ¿Son por ventura, tres Dioses? No, sino uno en esencia y trino en persona. Aceptar sin discusión y el consabido mareo que nos producía todo aquello que se enseñaba en los catecismos tradicionales se resolvía diciendo que no era otra cosa que cuestión de fe, lo que actuaba a modo de talismán para soslayar o cerrar cualquier pregunta, duda o interpretación.


A los catecismos más populares se les agregaron añadiduras a lo largo de los años o entremezclando pasajes de otros. Pero saberse el catecismo era requisito indispensable para hacer la «Primera Comunión», antes incluso de los siete años, tras la catequesis obligatoria.

Catecismo de la doctrina cristiana, 2º Grado, (6ª ed., 1965)
Hablamos, claro está, de los años anteriores a la transición democrática y a la aprobación de la constitución de 1978 donde estos pequeños manuales tuvieron un mayor protagonismo y vigencia al ser de carácter obligatorio.

Es en este contexto donde hay que situar los pliegos, así como en la época de su difusión, en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Estos pliegos son claros ejemplos de religiosidad o catolicismo popular donde se mezcla en ellos elementos doctrinales con aparentes intervenciones milagrosas de santos, vírgenes o ángeles custodios que nos  acercan más a una visión politeísta que a un teología propiamente dogmática.

La religión popular elige como intermediarios aquellos santos que consideran cercanos a su vida cotidiana. El problema de las diferencias entre un catolicismo oficial o hegemónico y el popular es realmente complejo y, si aceptamos esta diferenciación, no podemos olvidar el sincretismo y el carácter ambivalente de muchas de sus manifestaciones. Esta religiosidad popular, si es que aceptamos el concepto, tiene unas especiales características, como la búsqueda más sencilla y directa con lo que se considera divino. La piedad popular suele entender o percibir el milagro desde un punto de vista más emotivo en contraposición a una racionalidad teológica. La iglesia no ha sido indiferente a estas tendencias y las ha aprovechado y canalizado como arma estratégica al servicio de su implementación doctrinal.

Estos milagros han sido cantados y se han recogido por tradición oral. Se encuentran asociados al fondo musical de la conocidísima melodía de Los campanilleros.

Los campanilleros, por zonas preferente rurales de Andalucía, eran grupos de personas que iban en cuadrilla y cantaban por la madrugada el Rosario de la Aurora, a la patrona o algún otro evento religioso, acompañados de guitarras, zambombas, los collares de campanillas con que se adornaba a las caballerías y percusiones. Dicha tradición se conoce desde finales del siglo XVII cuyos textos cantados ofrecen variaciones, tanto en las versiones de carácter religioso o laico, siendo una de las más conocidas:

                                             En los campos de mi Andalucía
                                             los campanilleros en la "madrugá"
                                             me despiertan con sus campanillas
                                             y con sus guitarras me hacen llorar,
                                             me hacen llorar...
                                             me despiertan con sus campanillas
                                             y con sus guitarras me hacen llorar.


Ha sido su utilización por las cofradías, principalmente andaluzas, así como las versiones aflamencadas que fueron grabadas por reconocidos intérpretes, como la «Niña de la Puebla» o anteriormente por Manuel Torre, etc., lo que ha consolidado su pervivencia hasta nuestros días.

©Antonio Lorenzo

viernes, 27 de marzo de 2020

San Sebastián, controvertido abogado contra la peste

Grabado xilográfico,  c. 1440 - The Metropolitan Museum of Art (N. York)
Ni a San Sebastián se le puede considerar como uno de los más afamados protectores contra la peste ni su muerte se produjo a causa de ser asaeteado, sino que murió a palos en el circo y su cuerpo fue arrojado a una cloaca. 

La leyenda

Su leyenda se basa en especulaciones contradictorias. Su nacimiento se lo disputan las ciudades de Narbona y Milán. Se arregla su origen al comentar que su padre era un noble francés, oriundo de Narbona, y que su madre fue una milanesa.

Las diversas hagiografías consultadas dicen que fue en Milán donde recibió una cristiana y excelente educación, abrazando la carrera militar y consiguiendo el grado de centurión en la guardia pretoriana del emperador Diocleciano. El emperador desconocía que Sebastián era cristiano, por lo que de esa forma Sebastián podía socorrer más fácilmente a los cristianos encarcelados fruto de las persecuciones que padecieron.

Tras convertir a varios caballeros romanos al cristianismo y a la fe de Cristo, tal era la fe de Sebastián que hasta logró convertir al vicario del prefecto de Roma, seguido de sus numerosos esclavos quienes rechazaron curiosamente su ofrecida puesta en libertad.

Pero por culpa de un tal Torcuato, que traicionó a los cristianos haciéndose pasar por uno de ellos, comunicó al emperador que Sebastián era cristiano, lo que al principio puso en duda, pues lo tenía en alta estima. Una vez que Diocleciano asumió el cristianismo de su centurión, ordenó a unos arqueros númidas, ajenos al ejército romano para evitar posibles desobediencias de sus subordinados, que le tenían en gran estima, el que lo encadenaran, lo trasladaron al campo, lo atasen a un poste y allí sirviese de blanco para sus flechas y de ese modo acabar con su vida.

Sin embargo, durante la noche, Irene, mujer de San Cástulo, al ir a recoger el traspasado cuerpo del mártir se dio cuenta de que todavía respiraba. Sigilosamente lo llevó a su morada y gracias a sus asiduos cuidados logró que Sebastián recobrase la salud.

Una vez repuesto, cuando Diocleciano subía la escalera del Palacio se dio de cara con su antiguo centurión, al que creía muerto, quedando estupefacto al encontrarse de frente a Sebastián, quien aprovechó para recriminar duramente al emperador exigiendo la inmediata liberación de los cristianos.

Ilustración en «El santo de cada día» - Ed. Edelvives, 1946 (Tomo I)
Diocleciano, sorprendido y enfurecido al ver resucitado a su capitán, ordenó que se le azotase en el hipódromo hasta la muerte.

De los dos martirios sufridos por San Sebastián, solo el primero ha sido el elegido mayoritariamente por los artistas para su representación, sin duda porque el segundo carecía de interés de cara a su representación y los artistas han preferido ignorar o pasar por alto.

Muchas hagiografías sobre el santo acaban aquí, aunque otras siguen relatando de forma novelada el inverosímil desarrollo de los acontecimientos. En ellas se recoge que para impedir que los cristianos recogieran y veneraran su cuerpo, arrojaron con desprecio su cuerpo ensangrentado a un albañal o cloaca donde quedó milagrosamente colgado de un clavo librándose de la infección de aquel lugar.

El novelado y atrayente episodio de un Sebastián colgado de un clavo y rescatado tras aparecerse en sueños a una piadosa matrona romana, de nombre Lucinda, a quien reveló dónde se encontraba y ordenando que su cuerpo se llevase a una catacumba, conocida desde entonces como la catacumba de San Sebastián.

La fecha del 20 de enero se señala por unanimidad como la de su martirio, si bien difieren en el año. Unos dicen que fue en el 288 y otros en el 304.

Su fama se extendió por todo el mundo cristiano a través de su potente y sesgada iconografía. Su popularidad como abogado e intercesor contra la peste obedece a dos explicaciones. Según una antigua creencia, la peste se representaba como una especie de lluvia de flechas lanzadas por un Dios irritado. Ello contrasta abiertamente con la imagen de un Dios misericordioso y bondadoso, como preconiza la iglesia, y no con un Dios justiciero y castigador. En la Ilíada, el arquero divino Apolo es quien dispara las saetas de la plaga. En el Salmo 7:13-14 puede leerse que Yahvé «tiende su arco y apunta». Por extensión, al ser atravesado por numerosas flechas sin morir, sus devotos asociaron su figura en el sentido de que podría inmunizarlos contra las saetas de la peste.

Cristo arroja a la tierra las flechas de la peste (Gotinga, 1424, Niedersächsisches Landesmuseum)
Otra explicación atribuye a San Sebastián su intervención, mencionada por Pablo diácono, durante la peste que devastó Roma en el año 680. Las flechas del santo se convirtieron simbólicamente en una especie de amuletos y con ellas se tocaban los alimentos creyendo impedir, de esta forma, la propagación de las infecciones.

Su fama como protector ante la peste fue decayendo frente a la competencia con otros santos especializados en lo mismo, como el más conocido San Roque, quien, apestado él mismo, curó a muchos otros haciéndoles la señal de la cruz.

San Sebastián en la literatura popular impresa

La presencia de San Sebastián como abogado contra la peste aparece preferentemente en los Gozos, Goigs en catalán. Son estos unas composiciones poéticas de alabanza a seres tenidos por superiores, como son el mismo Dios, la Virgen o los santos o mártires. Se trata de un género semipopular y destinado a alimentar la devoción de un público que encuentra en ellos un motivo de acercamiento a divinidades variadas. Su área de difusión se desarrolla fundamentalmente en Cataluña y Valencia. Los impresos suelen estar acompañados en su cabecera por una xilografía (original dibujo impreso sobre madera y utilizado como técnica de impresión) alusiva al personaje de que se trate.

Estampas y novenarios también forman parte de este tipo de literatura de carácter popular, de los que incluyo algunas muestras.








No quiero dejar pasar la ocasión de incluir, como forma de literatura popular, unas páginas entresacadas de un folleto sobre la vida de San Sebastián, editado en México por la editorial Novaro formando parte de la colección «Vidas ejemplares», nº 167, año de 1964. Incluyo la parte menos conocida donde el cuerpo de San Sebastián es arrojado a una cloaca.


San Sebastián, icono oficioso de la comunidad gay

La imagen de San Sebastián, que con el paso del tiempo han ido construyendo los artistas, ha contribuido notablemente a considerarlo como una especie de icono de la comunidad homosexual. Suele ser representado como un joven hermoso, con desnudez parcial o completa en un cuerpo musculado, con el simbolismo asociado a la penetración de las flechas en su carne. A su vez, dueño de un rostro en éxtasis ante la visión cercana de Dios y que ha añadido otra lectura de seducción apuntando a que la actitud receptiva e incluso gozosa con la que el santo recibe las flechas estaría vinculada con el deseo de penetración e incluso con un cierto placer sadomasoquista. Todo ello ha convertido la imagen del mártir en un verdadero icono del mundo gay, al actuar conjuntamente en clave erótica su desnudez y su gestualidad

Lucas van Leyden - St. Sebastian

Iglesia de la Santísima Cruz (Valencia)

Guido Reni - Saint Sebastian
Giovanni Antonio Bazzi - San Sebastián
























Anónimo - Martirio de San Sebastián (Museo del Prado, Madrid)

Durante la Contrarreforma del siglo XVI se trató de esconder algunas de estas representaciones intentando suavizar su carga sensual para, de esta forma, «no agitar los deseos pecaminosos de las monjas», aunque su preocupación no debería dirigirse únicamente a las religiosas.

Su iconografía, extremadamente rica y variada, no conoce fronteras y resulta enorme su popularidad y difusión.

Las primeras representaciones iconográficas del santo, tras su segundo martirio en Roma, lo representan como una persona de cierta edad, con barba y pelo blancos, vestido con una túnica y llevando en su mano una corona, como aparece en el mosaico conservado en la iglesia de San Pedro de Advíncula de Roma. Esta representación del santo prevaleció más o menos hasta la Edad Media. Es a partir de entonces cuando su figura fue fruto de transformaciones, rejuvenecido, semidesnudo y acribillado a flechazos, imagen que se ha ido repitiendo hasta la saciedad en su afán de conmover y captar la atención del espectador.

Mosaico en San Pedro ad Vincula, Roma, finales siglo VII
Otras representaciones de San Sebastián, menos conocidas, lo sitúan en compañía del papa San Fabián, también intercesor ante la peste o junto a San Roque


Mucho menos conocidas son igualmente las pinturas donde se recoge el auxilio de Santa Irene, acompañada habitualmente de una sirvienta, recogiendo al santo martirizado y curando sus heridas.

Santa Irene arranca las flechas a San Sebastián

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
Matthias Stom (1600- c. 1650) 

Patronazgos

San Sebastián es patrono de numerosísimas poblaciones en todo el mundo, ya sea de ciudades grandes o de poblaciones o pueblos pequeños. Obligado es citar, lógicamente, la ciudad de San Sebastián en el país vasco. Un recorrido de poblaciones cuyo patrón es San Sebastián resultaría tedioso y de poca utilidad. No obstante, no quisiera dejar pasar la oportunidad de citar, a modo de ejemplo, el patronazgo de San Sebastián del pueblo salmantino de Vilvestre como referente de tantas y tantas poblaciones pequeñas donde lo tienen como patrón. Las fotografías incluidas se deben a la cortesía de Antonio Sánchez.

Vista interior de la parroquia Ntra. Sra. de la Asunción de Vilvestre (Salamanca) (Fotografía de Antonio Sánchez)




©Antonio Lorenzo