martes, 28 de marzo de 2017

Pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos... [VII]


La importancia del peinado y el cuidado del cabello a lo largo de la historia no ofrece la menor duda, ya que, por su apariencia, ha sido siempre símbolo de belleza y de status social.

La influencia francesa en la vida cotidiana de los personajes a los que nos estamos refiriendo en el siglo XVIII es muy conocida. Estos personajes concedían una enorme importancia a los peinados. Prueba de ello es la obra de referencia del francés Mr. de Garsault, Arte del Barbero-Peluquero-Bañero, traducida por Manuel García Santos en 1771. En ella se relatan los mejores polvos para las pelucas (siendo estos los de harina de trigo y la pomada de manteca de cerdo), la forma de realizar el empolvado, así como los cabellos más apreciados para su fabricación (los blancos y rubios).


Otra de las obras de referencia es el divertido Ensayo de una historia de las pelucas, de los peluquines y de los pelucones, obra del doctor Akerlio Rapsodia, dedicado a su peluquero don Torbellino Polvareda, editado en Madrid en 1806, donde se ridiculiza la moda de los peinados.


El autor dedica la obra a su peluquero, que, tras aprender el oficio en París, se estableció en la corte y fue el inventor del corte de pelo a navaja. Su pericia le llevó a echar los polvos con fuelle y dar el aceite más lustroso y con esmero. Ridiculiza a quienes en la Puerta del Sol, El Prado o en los teatros se presentaban con un almohadón de pelo en forma de pirámide a modo de tupé o de rueda de molino con cinco o seis grandes canutos colgando de las orejas, advirtiendo que si la vista de tales peinados asombra, más admiración merecen los pacientes para lucirlos por el sufrimiento que conllevan. Comenta un tipo de peinado llamado "ala de pichón" y cómo el peluquero tenía que servirse de un hierro candente para darle forma, lo que podía tostar la nuca y las orejas, comenta entre otras divertidas observaciones.


Para alcanzar el blanco deseado, los hombres empolvaban sus pelucas cubriendo su rostro con un cono de papel grueso. Los hogares de las familias nobles contaban con una estancia o "toilette", dedicada especialmente para que los hombres se acondicionaran y empolvaran diariamente la peluca, espolvoreando sobre ella almidón de arroz o de patata con la ayuda de un peluquero.








Una crítica al uso de las pelucas y peluquines es esta "aleluya" del tío Peluquín. Sirve esta para ironizar y criticar abiertamente y sin mencionar su nombre al general Narváez, conocido por El espadón de Loja. Ramón María Narváez (Loja, Granada, 1799 - Madrid, 1868) fue un personaje muy destacado por su defensa del trono de Isabel II en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y sus posteriores victorias en Mendigorría, 1835 y Arlabán, 1836, así como en el Maestrazgo y en La Mancha y Andalucía. Su enfrentamiento político con Espartero le obligó a exiliarse a Francia durante su regencia (1841-1843). Dirigió la sublevación militar que derrocaría a Espartero en 1843, iniciando en 1844 nada menos que una serie de siete periodos como primer ministro de Isabel II. El impreso menciona, entre otros episodios, la matanza de la conocida como Noche de San Daniel o Noche del Matadero (10 de abril de 1865), donde se reprimió de forma sangrienta a los estudiantes de la Universidad Central de Madrid, quienes estaban en contra de la destitución del rector Juan Manuel Montalbán, quien se negó a su vez a cesar a Emilio Castelar de su cátedra de historia. Dichas medidas provocaron una reacción inmediata de solidaridad con Castelar y Montalbán por parte del profesorado y de los alumnos.

Por su carácter de exagerado autoritarismo reprimiendo sublevaciones populares y censurando a la prensa fue objeto de sátiras y críticas, como la reflejada en la aleluya que reproduzco.


Hay otra aleluya, con el título de "Escenas del siglo de las pelucas", dedicada más bien a diferentes oficios, donde se satiriza a aquellos que dedican su improductivo tiempo en acicalarse y vestir a la moda sin tener "oficio ni beneficio". 


Algunos sainetes también recogieron como argumento el tema de las pelucas, como este del prolífico autor dramático (también letrista de tonadillas) Luciano Francisco Comella (1751-1812)


Pequeño repertorio gráfico de peinados

La moda de peinados extravagantes fue mucho más pronunciada en las mujeres. Se da el caso de que la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa en el último cuarto del siglo XVII alcanzó tal magnitud, que las pelucas podían sobrepasar fácilmente el metro de altura y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, estructuras metálicas, almohadillas y trenzas de cabello, platos de frutas o réplicas de jardines... y hasta barcos en escala. Como no se las quitaban en días (incluso en semanas), el volumen de estas pelucas y su falta de higiene ocasionaba la proliferación de piojos y pulgas... y hasta de pequeños ratones que en ellas encontraban guarida.







©Antonio Lorenzo

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