
En este curioso pliego, editado en Reus en 1853, se nos narra cómo los famosos perros de San Bernardo lograron rescatar a unas personas que se encontraban desaparecidas al estar envueltas en una serie de episodios que los llevaron a ello. En el pliego se nos cuenta que una doncella se casó con un joven sin contar con la aprobación de su padre y que, al ser pobres, tomaron la decisión de huir de su patria. El airado padre quiso ir a buscarlos con el beneplácito del rey y con la colaboración de soldados seguidores. Pero estos últimos, al cabo del tiempo, lograron localizarlos en una estrecha cabaña que se encontraba rodeada de nieve y donde les comunicaron que eran el objeto de su búsqueda. La pareja decidió escapar en medio de una gran nevada llevando la mujer entre sus brazos a su pequeño hijo de tres años, mientras que su esposo buscaba alguna cueva o peñasco para poder resguardarse. En su recorrido se encontró con un hombre al que pidió ayuda, pero resulta que, casualmente, se trataba del padre de la joven que se opuso a su enlace. El joven consiguió huir mientras que un alud enorme sepultó al padre y a los soldados buscadores. Tras ello, siendo rescatado por un perro y ayudado por los monjes que oyeron sus quejas y salieron a su encuentro consiguió llegar al cercano monasterio. Una vez acogido por los monjes les indicó que su mujer y su hijo se hallaban perdidos. Los monjes, acompañados por los perros y en medio de una gran borrasca, lograron encontrarlos a los pies de un precipicio y donde decidieron colocar al pequeño envuelto en una manta sobre el perro, quien logró alcanzar el convento saltando de peña en peña. Una vez salvados la madre y el pequeño con la ayuda de los monjes, se produjo el reencuentro con el padre y decidieron regresar a su patria.
La narración de estos sucesos guarda una indudable y estrecha relación con la conocida atribución a los perros de San Bernardo como la raza salvadora de quienes se encontrasen atrapados en las montañas nevadas. El famoso Hospicio de San Bernardo, situado en el actual territorio suizo y en pleno corazón de los Alpes, fue fundado por Bernardo de Menthon, con el fin de acoger y dar cobijo, si fuese necesario, a los viajeros peregrinos que cruzaran el significativo paso de montaña y cruce de fronteras, conocido como el Paso de San Bernardo.
Desde el siglo XVII y en dicho hospicio ya se criaban perros para ayudar a aquellos viajeros que quedaran atrapados por tormentas de nieve. Estos perros, como raza canina suiza, son animales grandes, ágiles y resistentes, de una gran nobleza y con un olfato extraordinario, lo que les facilitaba la detección de personas que se encontraran sepultadas en la nieve. Esta raza alcanzó gran notoriedad con el calificativo de perros de San Bernardo y de rescate de viajeros extraviados. A raíz de los relatos orales de los soldados de Napoleón Bonaparte en su paso en 1800 por esos enrevesados caminos quedaron convertidos como arquetipos de animales rescatadores. El más conocido de todos ellos se refiere al perro conocido como Barry, y que según la leyenda consiguió rescatar nada menos que a 40 soldados salvándoles la vida.
En el cementerio de perros de Asnières, cercano a París, se conserva un monumento dedicado a Barry como ejemplo de esta raza de perros y protagonista de difundidas hazañas rescatadoras asociadas a leyendas e incluso dando lugar a la creación desde el año 2005 de la Fundación Barry.
La imaginación popular se asocia con la imagen del perro de San Bernardo que lleva colgado en su cuello un pequeño barril lleno de licor a modo de medicina rehabilitadora del flujo sanguíneo con la pretensión de que fuera usado por los viajeros rescatados.
A partir de los primeros años del siglo XIX los perros de San Bernardo se convirtieron en todo un referente como raza salvadora según queda recogido en antiguas publicaciones anteriores a la edición del pliego, como sucede en el Semanario pintoresco español, Tomo II, Núm. 82, 22 de octubre de 1837.
El protagonismo de la leyenda también aparece en dramas teatrales, como en el adaptado y arreglado para el teatro español por Ventura de la Vega de la obra francesa de Benjamin Antier y Hyacinthe de Flers, ambientada en los Alpes Suizos en el año 1841.

Su leyenda se vio incrementada muchos años más tarde a través de la película estadounidense Beethoven, del año 1992, referida a un cachorro de San Bernardo al que le pusieron el nombre del célebre compositor alemán.
El pliego

©Antonio Lorenzo




