viernes, 20 de marzo de 2020

El arcángel San Rafael, abogado contra la peste y custodio de la ciudad de Córdoba


He dedicado anteriormente varias entradas a los santos abogados y protectores contra la peste, tan frecuentes en épocas antiguas y ahora tan presentes, bajo otra forma, en los tiempos que corren.

La entrada de hoy tiene por protagonista a uno de los ángeles jerárquicamente más elevado en la estrafalaria jerarquía angélica de la corte celestial, como es el arcángel san Rafael. Este arcángel figura como uno de los siete acompañantes de Dios, aunque en la biblia solo se mencionan a tres: san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Los arcángeles son considerados como los asistentes o representantes más directos de Dios en la tierra y como sus elegidos mensajeros para cumplir misiones especiales. Pasemos por alto el comentar la excentricidad de estas jerarquías y atendamos al mundo de los pliegos, donde el arcángel san Rafael actuó como declarado protector de Córdoba ante las epidemias que se produjeron desde el siglo XVI.

La leyenda de San Rafael previa a su protectorado cordobés

Para contextualizar el papel desarrollado por el arcángel y comprender mejor los atributos que aparecen en su iconografía es necesario referirse al único libro donde se menciona a San Rafael Arcángel en varios capítulos, como es en el Libro de Tobías

A pesar de las discrepancias sobre si el Libro de Tobías formaba parte de lo que se podría considerar como texto canónico del Antiguo Testamento, fue finalmente admitido como tal desde el concilio de Roma en el 382 y ratificado en concilios posteriores, como el de Trento en 1546.

En dicho libro se lee que Rafael fue enviado por Yahvé para acompañar a Tobías, hijo de Tobit, en un largo y peligroso viaje para cobrar una deuda que se le debía a su padre, y, a ser posible, conseguir para el joven una esposa humanitaria y piadosa.

Acompañado Tobías por Rafael, al que el joven creía que se trataba de un familiar de nombre Azarías, le sucedió lo siguiente: mientras se lavaba los pies en el río Tigris, un pez monstruoso salió del río con intención de devorarlo. El arcángel ordenó a Tobías que se abrazase al pez y lo sacase fuera del agua. Una vez muerto el pez, le ordenó que le sacase el corazón, la hiel y el hígado y lo guardase para hacer uso de ello a su tiempo. Ante la curiosidad de Tobías sobre el uso de las entrañas del pez, el arcángel le dijo que, quemando una parte del corazón, su humo servía para alejar todo género de demonios y que la hiel tenía la virtud de curar la ceguera.

Pieter Lastman - Tobías y el arcángel con el pez
Una vez llegados a la casa de un pariente para descansar y proseguir luego a cobrar la deuda adquirida, el arcángel le propuso que pidiera en matrimonio a la hija de su pariente, de nombre Sara. Esta Sara, vio morir a sus siete maridos la misma noche de bodas antes de consumar su matrimonio debido a que un demonio, de nombre Asmodeo, al estar enamorado de ella asesinó a sus siete maridos. Ante el temor de que a Tobías le sucediera lo mismo, el arcángel le dijo que el demonio no tenía potestad en los matrimonios que cumplieran sus santas ordenaciones, salvo en el caso de que se entregasen a la lujuria y a sus excesos, como el caballo y el mulo, que carecen de racionalidad. De modo que, al recibirla como esposa era preciso que contuviera sus deseos durante tres noches y emplearlos en oración. Siguiendo las instrucciones de Rafael, en la primera noche tendría que quemar un pedazo del corazón del pez sobre unas brasas encendidas y de ese modo el demonio sería ahuyentado quedando a salvo de todos los males.

Jan Havicksz Steen - El matrimonio de Tobías y Sarah (1660)
A su regreso, Tobías untó con la hiel del pez los ojos de su padre, quien se quedó ciego al caer sobre sus ojos los excrementos de un nido de golondrinas mientras descansaba tras haber enterrado a unos cadáveres. El tratamiento con la hiel le hizo recobrar la visión al instante. Tras todo ello, sin saber que Rafael, el peregrino acompañante de Tobías, era un ángel enviado por Dios, este se dio a conocer y, como en los finales de los cuentos, reinó la alegría en la casa de Tobías.

En fin... el libro de Tobías, incluido en el Antiguo Testamento, se considera como una ficción poética a modo de relato novelado, fábula o cuento, que contiene enseñanzas erróneas que rayan en la superstición, como la de que el hígado de un pez, quemado sobre un brasero, ahuyenta los malos espíritus o el que el hecho de dar limosnas libra de la muerte y purifica todo pecado al margen de lo que enseñan las Sagradas Escrituras sobre que el medio para alcanzar la salvación se reduce a Cristo.

                                             🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯🔯

Antes de pasar a reproducir los pliegos de cordel donde se reivindica al arcángel san Rafael como protector ante la peste y custodio de Córdoba, creo interesante realizar un mínimo recorrido ilustrativo para recrearnos visualmente con algunos grabados basados en el Libro de Tobías.




Filippino Lippi - Tobías y el ángel (detalle)
Andrea del Verrocchio - Tobías y el ángel
 Bernardo Strozzi - Curación de la ceguera de Tobías con las entrañas del pez

San Rafael, custodio de Córdoba

Descrita de forma sucinta la mención al arcángel en el Libro de Tobías, la leyenda sobre la que descansa la proclamación de San Rafael como custodio de la ciudad de Córdoba es más o menos como sigue.

A consecuencia de una peste que asoló a la población en el siglo XVI, el arcángel se le apareció varias veces al padre Andrés Roelas revelándole que salvaría a la ciudad y la protegería.

Aparición al padre Roelas ( Juan Bernabé)
El sacerdote pensó en un principio que se trataba de alucinaciones. Pero, en la madrugada del 7 de mayo de 1578, se produjo una quinta aparición en la que Rafael le dijo al sacerdote que era el ángel Rafael, a quien Dios tenía puesto por guarda de la ciudad y diciéndole: «Yo te juro, por Jesucristo Crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por guarda de esta ciudad».

 Al poco tiempo de esta aparición, no se produjeron más muertes a causa de la epidemia de peste en Córdoba.

También por las revelaciones del arcángel Rafael al padre Roelas se encontraron los huesos de los santos mártires cordobeses en la iglesia de San Pedro.

Nueve años después, el padre Roelas fallecía en Córdoba, pero tuvieron que pasar veinticinco años tras su fallecimiento para que las revelaciones de San Rafael al sacerdote pudiesen ser leídas por todos, dado que fue un hombre muy prudente y discreto con este tema.

Desde entonces, la devoción a San Rafael se ha mantenido hasta la actualidad considerándolo como el patrón de la ciudad, aunque en realidad ha oscurecido a los auténticos patrones, como son los santos mártires san Acisclo y santa Victoria.

La devoción popular hacia el arcángel se generaliza a raíz de la aprobación de iglesia local el año 1602 aprobando las revelaciones del arcángel al padre Roelas. Convertido el arcángel en el referente devocional de los cordobeses, su imagen se potenciará en esculturas, pinturas, retablos y estampas como símbolo significativo de su protectorado.

Su fiesta se celebra el 24 de octubre, aunque la festividad de los santos arcángeles se celebren conjuntamente el día 29 de septiembre. Sin embargo, según la tradición, se concedió a Córdoba el privilegio de mantener su festividad el 24 de octubre en atención a la gran devoción que inspiraba el custodio. Es, junto a la dedicada a Nuestra Señora de la Fuensanta, las dos fiestas locales más importantes y representativas de la ciudad.

Es tradicional que el día de san Rafael los cordobeses acudan al campo en masa para degustar los conocidos como «peroles» y acudir a la iglesia del Juramento de San Rafael para contemplar la imagen de su custodio.

San Rafael en la literatura popular impresa





La peste de fiebre amarilla de 1804

El 4 de septiembre de 1804 se detectó el foco de una infección que en apenas dos meses y medio acabó con la vida de un número importante de cordobeses.

Dicha infección, catalogada como fiebre amarilla por los signos de palidez amarillenta que suele producir, parece ser, según algunos estudiosos, que su origen vino de los puertos de Cádiz y Málaga donde atracaban los barcos con cargamentos que venían de América. La concentración de la población y la presencia de mosquitos transmisores extendieron la enfermedad. Muchas de las larvas de los insectos se mantenían en las orzas donde se guardaban los alimentos o se rellenaban con agua sin la debida higiene. En 1803 un primer brote se desarrolló en Málaga extendiéndose rápidamente tanto por la ciudad de Córdoba como en otros importantes municipios de la provincia.

El desconocimiento del mecanismo de transmisión fue determinante en la propagación de la enfermedad, ya que hasta los inicios del siglo XX no se sabía con exactitud cómo se transmitía.

Reproduzco unas invocaciones al arcángel para que interviniera ante Dios para salvar a la población.





El final de la peste que padeció Córdoba el año 1804 dio lugar a que el año siguiente se exhortase al pueblo a dar las gracias al custodio por haber logrado detener el contagio, tal y como se recoge en un folleto de 32 páginas impreso por la popular imprenta de Rafael Rodríguez, del que reproduzco la primera y última página.































Iconografía del arcángel San Rafael

Habitualmente suele representarse a San Rafael vestido de peregrino, con bastón y con un pez, que rememora el pasaje bíblico del Libro de Tobías.

Tanto el bastón como el pez son elementos comunes para todas las imágenes de San Rafael del mundo. Sin embargo, en el caso de Córdoba hay diferencias significativas. En esta ciudad lleva, aparte del citado bastón y el pez, una especie de cartela con el Juramento al Padre Roelas, unas veces en las manos y otras en los pies. Este detalle recuerda cuando el 7 de mayo de 1578 se le apareció el arcángel jurándole que sería el guardián y custodio de la ciudad, iniciándose así su culto.

También hay ejemplos en los que aparece junto a los Santos Mártires de Córdoba, San Acisclo y Santa Victoria, como en el caso de la fachada del Juramento, donde San Rafael está con ellos, aunque esto no es imprescindible.




Iglesia del Juramento de San Rafael en Córdoba

Imagen del altar callejero antiguo y reciente dedicado a San Rafael en la ciudad de Córdoba

©Antonio Lorenzo


domingo, 15 de marzo de 2020

Santa Rosalía, abogada contra la peste


Nunca es tarde para invocar protección ante una epidemia, ya sea a través de los santos o en la confianza, si es que la tenemos, en los dirigentes y representantes políticos. A lo largo de los siglos esta segunda posibilidad no se ha contemplado y la gran mayoría de la población y de los posibles afectados han depositado su fe y confianza en lo que la influyente iglesia ha ido paulatinamente construyendo y perfilando a lo largo el tiempo.

Santos abogados contra la peste hay muchos, entre otros: san Hipólito, san Sebastián, san Andrés o san Nicolás de Tolentino, aunque el más conocido sea san Roque, al que dediqué una entrada hace tiempo y que puede consultarse a través del siguiente enlace, al igual que a san Caralampio, otro de los abogados protectores, aunque menos representativo.


La leyenda

El culto a santa Rosalía fue promovido en todo mundo por los Benedictinos porque al invocarla se obtenía protección contra enfermedades infecciosas como la peste o se recibía auxilio en momentos difíciles.

Según la tradición, fue una mujer que vivió en soledad, pobreza y penitencia; asimismo se le atribuyen numerosos milagros, especialmente la extinción de la peste cuando asoló la isla de Sicilia.

Rosalía fue educada en la corte, y por su belleza y bondad se convirtió en dama de honor de la reina Margarita de Navarra, esposa del rey Guillermo II. Pero siendo joven dejó su hogar y el palacio real para dedicar su vida a la oración y las mortificaciones, ocultándose en el monasterio basiliano de Santo Salvador en Palermo.

Como sus padres y un hombre al que la habían prometido querían disuadirla, huyó a una cueva cerca de Bivona (Sicilia) y más tarde a otra ubicada en el Monte Peregrino, cerca de Palermo, en el cual murió y fue enterrada.

Sus restos fueron descubiertos y llevados a la Catedral de Palermo en 1624. Se probó la ¿autenticidad? de sus reliquias un año después y por ello el Papa Urbano VIII incluyó su nombre en la lista del Martirologio Romano para el 4 de septiembre.

Culto

Según los datos de Louis Réau: Iconografía de los santos (original francés de 1957), ed. del Serbal, Barcelona, 1997, Tomo III, pág. 155:
Olvidada en la Edad Media, santa Rosalía consiguió la popularidad en los tiempos de la Contrarreforma, es un ejemplo típico de «culto con retardo».
Sus huesos, que fueron encontrados por un cazador en 1624, se trasladaron a la catedral de Palermo donde se los depositó en un sarcófago de plata. Dichas reliquias habrían puesto rápido fin a una epidemia de peste que devastaba a la población palermitana.
Los jesuitas introdujeron en Roma, en 1627, el culto de la «Vergine Palermitana», rival de santa Águeda de Catania, a quien un hagiógrafo siciliano comparó con Judith, que se impuso a Holofernes, es decir, a la «peste». Luego, la orden de los jesuitas difundió el culto en Francia, después de haber transportado a París, a la iglesia de Saint Louis, una de sus reliquias. La Compañía de Jesús también implantó el culto en los Países Bajos católicos.
Patrona de Palermo, Nápoles y Niza, santa Rosa de Palermo era invocada sobre todo contra la «peste» y los «seísmos».
Literatura popular impresa

Reproduzco, en primer lugar, un pliego editado en Madrid por José María Marés en 1868 que contiene dos partes.









Incluyo también la primera parte de otro pliego dedicado a la azarosa vida de santa Rosalía conservado en el Fondo Hazañas de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Sevilla. Como curiosidad, la ilustración de su portada se encuentra coloreada y nos ofrece la imagen de una Rosalía portando un ramo de flores, con un hábito en verde y un manto rojo. 

Como figura en el colofón, el pliego está editado en Sevilla el año 1816, cincuenta y dos años antes del editado por Marés en Madrid y reproducido anteriormente.



Añado unos gozos a santa Rosalía venerada en el municipio de Cheste (Valencia).


Iconografía

La iconografía suele representar a la santa llevando una corona de rosas blancas en la cabeza y en conmemoración de su penitencia un crucifijo. También se la suele representar junto a una calavera, símbolo del ascetismo y posteriormente también como símbolo de la peste.

Añado unos grabados antiguos y lo completo con uno de los varios cuadros dedicados a santa Rosalía pintados por Anthony van Dyck. El pintor flamenco Van Dyck (1599-1641) se encontraba en Palermo invitado por el virrey de Sicilia Manuel Filiberto de Saboya (1588-1624), nieto de Felipe II, sobrino de Felipe III y primo hermano del monarca reinante, Felipe IV. La estancia del pintor duró más de lo esperado, pues en agosto de 1624, y una vez finalizados los encargos que había venido a realizar, se declaró una terrible peste que diezmó a la población y acabó, entre otros, con la vida del propio virrey. La isla fue declarada en cuarentena.

Cuenta la leyenda que, durante la epidemia, la mismísima Rosalía se le apareció a un hombre al que dio instrucciones para buscar la cueva donde habitó en el siglo XII en el monte Pellegrino y encontrara sus restos. Encontrados sus huesos por el elegido se llevaron en procesión por la ciudad. Poco tiempo después remitió la plaga y santa Rosalía fue proclamada patrona de la ciudad.




 Anthony van Dyck - Saint Rosalie
©Antonio Lorenzo

lunes, 9 de marzo de 2020

Los trabajadores de tejidos y su lucha obrera (1855)


La industria textil constituyó un importante modelo industrial durante el siglo XIX. La transformación del sector, preferentemente en Cataluña, dio lugar a un periodo convulso de cara a las reivindicaciones laborales de sus trabajadores y a la organización del trabajo.

Con la llegada de las llamadas «selfactinas» (palabra derivada del inglés, self-acting mules), consistentes en máquinas de hilar movidas por la fuerza del vapor, se mecanizaba una parte importante del trabajo de hilado donde la fuerza física dejaba de ser necesaria. Esta innovación tecnológica, inventada en el año 1824 por Richard Roberts y patentada en 1825, permitió dar un impulso definitivo a la mecanización de las hilaturas logrando multiplicar la capacidad de producción de hilado. Los industriales intentaron sustituir a los hiladores varones por mujeres, cuyos salarios mucho más bajos les permitían reducir costes. El nacimiento y auge de los sindicatos y asociaciones trataron de defender los intereses de los trabajadores varones frente a la más barata mano de obra de mujeres y niños.

La implantación de los hilados mecanizados originó en Barcelona, durante el mes de julio de 1854, el conocido como conflicto de las selfactinas. Algunas fábricas fueron incendiadas y hubo obreros que trataron de destruir la nueva maquinaria, tal como sucedió anteriormente en Inglaterra con los llamados «luditas» (nombre tomado de un supuesto aprendiz llamado Nedd Ludd que nunca existió). La introducción de la nueva maquinaria en el sector textil originó y aceleró en Inglaterra a comienzos del siglo XIX una fuerte crisis económica. Las revueltas en Inglaterra y la destrucción de la maquinaria por los luditas fueron copiadas en Cataluña años más tarde.

La mecanización del trabajo textil y las importaciones de materias primas desde Inglaterra, a través principalmente del puerto de Barcelona, provocaron cambios profundos en el sector.


El triunfo de la revolución de 1854 (conocida también como la Vicalvarada), tras el pronunciamiento del general O'Donnell, dio paso al llamado Bienio Progresista (1854-1856) bajo la presidencia del general Espartero. Contó primeramente con el apoyo popular de los obreros textiles que se habían movilizado contra el maquinismo recién importado y que condicionaba sus puestos de trabajo.
Las asociaciones obreras proliferaron, fundamentalmente en Cataluña, constituyendo una Junta Central para las reivindicaciones de sus derechos. El entonces gobernador civil de Barcelona, Cirilo Franquet Bertrán, dictó una serie de normativas (incluyendo las tarifas a aplicar) junto a otras disposiciones dictadas el 30 de abril de 1855, que en un principio fueron bien acogidas por los trabajadores del textil. Estas disposiciones se publicaron en el diario de Barcelona el 1 de mayo de 1855, como adjunto a continuación.

El pliego reproducido ha de entenderse como un éxito provisional de las reivindicaciones obreras del sector textil catalán al aceptarse la fijación de las tarifas de su producción, algo que lamentablemente duraría muy pocas fechas.

Como puede observarse, y en clara relación con el contenido del pliego, el punto dos de las disposiciones del gobierno civil recoge que:
«El precio de la mano de obra y las horas de duración del trabajo serán convencionales entre fabricantes y operarios y con arreglo a las tarifas de precios regulares establecidas o que se establecieren de común acuerdo, autorizándose estas solo para la fabricación de tejidos y para los talleres donde se reunieren más de cien operarios».


El pliego

Editado en Barcelona el año 1855 por la imprenta de Bosch y Compañía.





Si en un primer momento las disposiciones del gobierno civil dictadas el 30 de abril se consideraron como un cierto éxito, aunque cayera en el olvido apenas dos meses después, la complejidad de factores políticos y laborales hizo que significara un mero paréntesis en la lucha obrera. El día 2 de julio de 1855 se inició una huelga general, considerada como la primera huelga general de la historia de España en pleno reinado de Isabel II). Múltiples factores se entrecruzaron para fundamentar dicha huelga, entre otros, el achacar a las sociedades obreras una supuesta connivencia con las partidas carlistas que actuaban en el norte de Cataluña, pretexto poco creíble y usado con fines propagandísticos para avalar la dura represión. La huelga general supuso una gran movilización de los obreros para reivindicar el libre asociacionismo y las mejoras de sus condiciones de trabajo con el lema «asociación o muerte».


Los provisionales logros del sector textil donde se fijaron las tarifas, según recoge el pliego, apenas duraron dos meses. El desencadenante vino de la mano del nuevo capitán general de Cataluña, Juan Zapatero Navas, personaje cruel y arbitrario, quien inició una política de represión e intolerancia contra las reivindicaciones obreras. Tras declarar ilegales a las asociaciones y mutualidades de los trabajadores, procedió a la detención de líderes obreros. El día 6 de junio se ordenó en un juicio sin garantías la ejecución del líder obrero Josep Barceló, representante de la asociación de hiladores, acusado de instigador y ejecutor de un asesinato. Ello convirtió su figura en mártir de la clase obrera catalana y fue la mecha para la declaración de la huelga general proclamada el día 2 de julio y secundada por los distintos sectores de la industria.

En este contexto es donde hay que situar el pliego.

©Antonio Lorenzo

viernes, 28 de febrero de 2020

Las gradas de San Felipe el Real: el mentidero más famoso de Madrid


Si hubo un lugar en Madrid donde circularon todo tipo de noticias, rumores, enredos y lugar emblemático para el intercambio y venta de pliegos de cordel a cargo de los ciegos, no fue otro sino las gradas del monasterio de San Felipe.

El convento de agustinos de San Felipe el Real fue construido en 1547 y estuvo situado en la confluencia entre la calle Mayor y la Puerta del Sol. Fue ocupado por los franceses durante la guerra de la Independencia donde se utilizó la iglesia como caballeriza. Tras sufrir un incendio en 1818, a lo que se unieron las consecuencias de la desamortización de Mendizábal, el que fuera famoso convento entró en una paulatina decadencia hasta que se ordenó su demolición en 1836.

El mentidero de San Felipe el Real fue testigo privilegiado de importantes sucesos y espacio natural para los «correveidiles» en sus casi casi tres siglos de existencia.

En su parte baja estaban las conocidas como «covachuelas», pequeñas tiendecillas donde se exponían y vendían los más variados géneros, mientras que en la parte superior se daban cita todos aquellos desocupados donde se intercambiaban noticias y comentarios de toda índole. Conocido como el principal mentidero de la villa, su escenario ha sido muchas veces mencionado en la literatura del Siglo de Oro.

Una de las mejores imágenes que nos quedan del convento de San Felipe es la recreación que realizó José María Avrial para ilustrar la Historia de la Villa y Corte de Madrid, de José Amador de los Ríos, cuya primera edición es de 1860.


En el tomo I de la saga El capitán Alatriste, del escritor y académico Arturo Pérez Reverte, en el capítulo IX, recoge y refleja de forma significativa el trasiego de información de todo tipo en las covachuelas bajo las gradas del célebre convento:
«Las gradas formaban la entrada de la iglesia, y por el desnivel con la calle Mayor quedaban elevadas sobre ésta, constituyendo por debajo una serie de pequeñas tiendas o covachuelas donde se vendían juguetes, guitarras y baratijas, y por encima una vasta azotea a la intemperie, cubierta de losas de piedra, en forma de alto paseo protegido con barandillas. Desde aquella especie de palco podía verse pasar gente y carruajes, y también pasear y departir de corro en corro. San Felipe era el sitio más animado, bullicioso y popular de Madrid; su proximidad al edificio de la Estafeta de los correos reales, donde se recibían las cartas y noticias del resto de España y de todo el mundo, así como la circunstancia de dominar la vía principal de la ciudad, lo convertían en vasta tertulia pública donde se cruzaban opiniones y chismes, fanfarroneaban los soldados, chismorreaban los clérigos, se afanaban los ladrones de bolsas y lucían su ingenio los poetas. Lope, Don Francisco de Quevedo y el mejicano Alarcón, entre otros, frecuentaban el mentidero. Cualquier noticia, rumor, embuste allí lanzado, rodaba como una bola hasta multiplicarse por mil, y nada escapaba a las lenguas que de todo conocían, vistiendo de limpio desde el Rey al último villano. [...]
Discutíanse en sus corrillos los asuntos de Flandes, Italia y las Indias con la gravedad de un Consejo de Castilla, repetíanse chistes y epigramas, se cubría de fango la honra de las damas, las actrices y los maridos cornudos, se dedicaban pullas sangrientas al conde de Olivares, narrábanse en voz baja las aventuras galantes del Rey.. Era, en fin, lugar amenísimo y chispeante, fuente de ingenio, novedad y maledicencia, que se congregaba cada mañana en torno a las once; hasta que el tañido de la campana de la iglesia, tocando una hora más tarde al ángelus, hacía que la multitud se quitase los sombreros y se dispersara luego, dejando el campo a los mendigos, estudiantes pobres, mujerzuelas y desharrapados que aguardaban allí la sopa boba de los agustinos. Las gradas volvían a animarse por la tarde, a la hora de la rúa en la calle Mayor, para ver pasar a las damas en sus carrozas, a las mujeres equívocas que se las daban de señoras, o a las pupilas de las mancebías cercanas –había, por cierto, una muy notoria justo al otro lado de la calle–: motivo todas ellas de conversación, requiebros y chanzas. Duraba esto hasta el toque de oración de la tarde, cuando, tras rezar sombrero en mano, de nuevo se dispersaban hasta el día siguiente, cada uno a su casa y Dios a la de todos».
Gradas de San Felipe - Maqueta, ca. 1948
Reproduzco un interesante pliego donde se menciona al comienzo las célebres gradas del convento. La cabecera añade el rótulo de «Romance histórico tradicional», lo que claramente no se corresponde con la realidad y firmado por un tal J. R. al que más adelante pondremos nombre.

El pliego en cuestión fue editado en Madrid en 1871 por el establecimiento tipográfico de Eduardo Cuesta.





Contextualización del pliego

Un grupo de escritores y artistas, habituales de tertulias y cafés, crearon en fecha indeterminada tras la salida hacia el exilio de Isabel II (1868), una asociación a la que denominaron Academia del Gato (por aquello de llamar «gatos» a los oriundos de Madrid, según dispersas y conocidas teorías) donde querían hacer valer su aristocrática formación de carácter elitista frente a un vulgo aficionado a cantar y coleccionar romances de dudosa calidad literaria. Por el tono usado, los integrantes de esta Academia seguramente pertenecieron al defenestrado partido moderado, fiel defensor de la monarquía destronada y valedores de antiguas tradiciones.

 Según se recoge en el texto de la conferencia que pronunció sobre dicha Academia Juan de Contreras (Marqués de Lozoya), la pretensión de la misma y el propósito de sus fundadores era:
«Desterrar de entre el pueblo los absurdos e inmorales romances, que hoy sirven de pasto a sus aficiones poéticas, extraviando su gusto y pervirtiendo sus instintos; despertar en él ideas de grandeza y de justicia con la enseñanza de los hechos que abundan en su gloriosa historia y nuestras numerosas tradiciones, y proporcionar al mismo tiempo lecturas agradables a todas las clases, resucitando, hasta donde nos sea posible, la casi extinguida afición al género más característico de la poesía nacional; tales son los únicos móviles que nos han impulsado a emprender esta publicación».
Entre sus pretensiones se encontraban la de sustituir a los romances de ciego, que embrutecían al pueblo con la historia de la Fiera Corrupia, con las hazañas de bandidos famosos o con la relación de crímenes horrendos, con otros, más correctos de forma, que enseñaran al pueblo su gloriosa historia y sus vetustas tradiciones y le ofreciesen ejemplos de heroísmo, de amor, de sacrificio. 

En el tomo segundo, conservado por el conferenciante, y con fecha de 1872, en el efímero reinado de Amadeo de Saboya, se lee:
«Escribamos para el pueblo, dijimos, recordando su historia y sus tradiciones para que se goce en ellas como se goza el anciano en los dulces recuerdos de su juventud. Despertemos en él todo el entusiasmo de sus más santas empresas para que sienta robustez en su corazón. Luchamos contra esas torpes apologías del crimen, y contra esas mal rimadas aberraciones de la fantasía, con que tan frecuentemente se le emponzoña».  
Los integrantes de esta academia decidieron utilizar los mecanismos de edición y propagación de los pliegos de cordel, junto a unas más cuidadas ilustraciones y grabados de las cabeceras, para instruir al pueblo sobre lo que consideraban como la verdadera historia de España que debería conocer el pueblo llano.

Ejemplo de ellos es el caso del pliego reproducido sobre las causas de encarcelamiento de Quevedo en San Marcos de León entre 1639 y 1643, como se nos cuenta en el pliego.

El autor, escondido bajo las iniciales J. R. corresponde a Gregorio Perogordo y Rodríguez (1840-1891). Abogado, poeta y pintor, ordenado sacerdote después de enviudar, fue fiscal de la Vicaría Eclesiástica de Madrid y rector de las Comendadoras de Santiago. Aparte de sus obras literarias, colaboró en diferentes periódicos, como «Álbum literario», «La Idea», «La Ilustración Católica», «La Familia», y otros. Utilizó diferentes seudónimos, entre ellos el de J. R. (José Roldán) utilizado en el pliego.

Las gradas de San Felipe, punto de reunión de los ciegos

En la literatura medieval española la figura del ciego mendigo o trovador, lejos de ser una invención literaria, aparece destacada. En las grandes ciudades los ciegos se asociaban en cofradías, hermandades o gremios, cuyos socios disfrutaban de una precaria previsión ante una enfermedad y defunción. Sus integrantes disfrutaban de una especie de monopolio de un comercio o actividad.

Los ciegos de Madrid, cuyas primeras ordenanzas se sitúan en 1614, disfrutaban de monopolios: la venta de gacetas, almanaques, folletines y toda clase de pliegos de pequeño formato, aparte de poder ejercer públicamente la música callejera.

Sucesivas ordenanzas fueron delimitando gradualmente los monopolios con los que disfrutaban los ciegos y favoreciendo la libertad de comercio.

En 1836, justo cuando se da la orden de la demolición del convento de San Felipe, una Real Orden disuelve la Hermandad de ciegos de la Corte y el privilegio con el que contaban los ciegos del monopolio de venta y recitados de las gacetas oficiales donde promulgaban noticias. La difusión de pliegos llevados a cabo por los miembros de la cofradía llevaba aparejado el no poder ejercer la mendicidad, aunque las infracciones ante ese punto eran sumamente frecuentes. Tras esta disposición, los vendedores de pliegos, recitadores o cantadores de los mismos, deberían someterse al nuevo reglamento y cuidar no ofender a las buenas costumbres, contrarios a la religión católica o incitadores a la desobediencia a las leyes o a la autoridad competente.

Todo esto, al igual que disposiciones posteriores, tenía por objeto el tratar de salvaguardar la moral pública, puesta en cuestión de forma exponencial en los años donde las gradas del convento fueron lugar idóneo para la propagación de todo este entramado, recurriendo a la responsabilidad moral de editores, vendedores y recitadores que, obviamente, apenas se tenía en cuenta.

Las gradas de San Felipe, fue un lugar de encuentro durante toda su existencia de esta circulación de pliegos y noticias. En sus covachuelas no solo se podían encontrar toda clase de impresos, sino que se hallaban a la venta libros de temática variada, como estos ejemplos de folletos donde se recogían pronósticos y noticias compuestas por «El pequeño piscator de Salamanca» o Juan de Quevedo, seudónimo de Diego de Torres Villarroel, controvertido personaje salmantino caracterizado en sugerentes líneas en el estudio de Guy Mercadier, Diego de Torres Villarroel. Masques et miroirs, Editions Hispaniques, París, 1981, pág. 3.
«Astrólogo, curandero, matemático, bailarín, sacerdote, compositor, guitarrista, flautista, bordador de tapices, pantuflas y casullas, administrador de bienes, sacristán, bufón, poeta, dramaturgo, hagiógrafo, geólogo, novelista, geómetra, meteorólogo, almanaquero, universitario, teólogo y moralista, físico, maestro apicultor, hidrólogo, panfletista, autobiógrafo: ésta son las facetas más notables que Diego de Torres ofrece al lector de los 14 volúmenes de obras que reunió en 1752».


















©Antonio Lorenzo

jueves, 20 de febrero de 2020

Santa Thais, la pecadora arrepentida


La dualidad simbólica «pecadora-arrepentida» se ha configurado en el imaginario popular a modo de arquetipo. Esta dualidad integra y bascula en un mismo plano la fascinación y el arrepentimiento en una mezcla de atracción y temor. Esta dicotomía entre lo humano y lo divino se aprecia claramente en el recorrido hagiográfico de las etiquetadas como las santas pecadoras.

Si nos detenemos a considerar las leyendas de estas pecadoras penitentes se trasluce una evidente aversión a la feminidad, iniciándose incluso desde la propia Eva al sucumbir a la tentación y sentando las bases cristianas de la misoginia a lo largo de los siglos. De hecho, son las santas pecadoras, no los hombres, quienes ocupan más espacios en los martirologios y hagiografías. La negación del propio cuerpo por parte de las mujeres establece el camino adecuado en el imaginario barroco para alcanzar la firmeza espiritual. El imaginario social sobre estas santas penitentes oscila y converge entre dos polos aparentemente opuestos, como son sensualidad de lo carnal y lo trascendente.

La figura de la santa penitente arranca en la literatura en castellano con la azarosa Vida de Santa María Egipcíaca, a la que dedicamos varias entradas desde el punto de vista de la literatura popular impresa que nos ocupa. Pero si hay una pecadora arrepentida por antonomasia no es otra que María Magdalena, a la que podríamos sumar otras leyendas hagiográficas, como las de santa Pelagia o santa Thais, a las que dedicaremos las siguientes líneas.

La leyenda de Santa Thais, la penitente

Copio literalmente las primeras líneas que dedica a esta santa Jean Croisset (1656-1738) en su celebérrimo El año cristiano (original de 1712), traducido al castellano por el Padre Isla desde 1753, del que se conocen numerosas ediciones
«A mediados del siglo IV vivió en Egipto una famosa cortesana, por nombre Thais, que había sido educada en la fe cristiana, pero en quien se habían extinguido los sentimientos de gracia con un amor desordenado al deleite y a las ganancias de la codicia. La belleza, el talento, las lisonjas de las malas compañías la arrastraron a un abismo de infames y criminales vicios, de que solo el esfuerzo extraordinario de una gracia singular podía sacarla a salvo. Esta infeliz e insensata pecadora estaba ya casi a la boca de su eterno precipicio, cuando se interpuso en favor suyo la misericordia divina. Pafnucio, santo anacoreta de la Tebaida, lloraba día y noche la pérdida de aquella alma, porque eran públicos en todos esos países los escándalos de su arrastrada vida y conducta licenciosa».
El hecho que cambió su vida pecadora fue conocer a un eremita dedicado a la oración y a la penitencia en la soledad del desierto de la Tebaida. Este eremita sería conocido con el tiempo como San Pafnucio (Panuncio según otras versiones). Aconsejándola, logró el sincero arrepentimiento de Thais, quien abandonó su conducta disipada. El venerable varón le dijo que como penitencia, para que demostrara que estaba sinceramente arrepentida, debería permanecer el resto de sus días en la celda de un monasterio femenino, en continua oración y penitencia extrema. Thais, tras su vida desordenada, profesó en la vida religiosa, en la cual fue ejemplo de santidad y fidelidad al Creador hasta su muerte en aquel lugar.

Esta es, más o menos, la leyenda sobre esta pecadora. Otras versiones, incluyendo la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine, detallan el encuentro de Thais con el abad de una forma novelada y atrayente, tal y como se recoge en esta página que no me resisto a copiar.  


Como se ve, Thais era un verdadero instrumento del demonio. Así lo comprendió el abad Pafnucio, quien, decidido a acabar con su perniciosa influencia, la visitó, vestido con ropas mundanas y una bolsa de dinero, fingiendo que quería pecar con ella. Esto no resultaba novedoso para Thais, por lo que, sin sospechar nada, condujo al piadoso abad hasta un amplio lecho cubierto con valiosas coberturas y mullidas almohadas. Sin embargo, Pafnucio le preguntó si no había otro aposento más secreto todavía y ella se internó más profundamente en sus habitaciones, pero fue en vano: Pafnucio seguía diciendo que temía ser visto.
En su oficio Thais había conocido toda clase de perversos, de manera que le siguió la corriente. Cuando por fin entraron a una cámara del todo apartada, ella dijo: “Hasta aquí no llega absolutamente nadie, pero si a quien temes es a Dios, no hay lugar alguno que le sea oculto”
A partir de este punto, las versiones sobre lo ocurrido en la misteriosa recámara difieren sustancialmente, pero la más conocida y tenida por cierta es la del abad. Según él, asombrado por las palabras de la prostituta, le preguntó si sabía algo de Dios, a lo que Thais respondió que sabía mucho, demostrando a continuación un acabado conocimiento de la doctrina cristiana. Al fin Pafnucio alzó su voz y la increpó: “¿Y por qué, entonces, has perdido a tantas almas, si sabes que un día deberás dar cuenta, no sólo de la tuya, sino también de aquellas?”
Al punto Thais fue invadida por un profundo arrepentimiento, se echó a llorar, abrazó los pies del abad y le rogó que le mostrara un camino de penitencia. Pafnucio la citó en un convento de monjas y se marchó.
Antes de acudir al encuentro del abad, Thais llevó a la plaza todos los bienes adquiridos con el producto de sus vicios y les prendió fuego exclamando: “¡Venid todos los que habéis fornicado conmigo y ved cómo arde el salario del pecado!”
Y todos vieron cómo ardía el salario del pecado.
La estrategia del monje, haciéndose pasar por un cliente para salvar a la pecadora, ofreciendo a Thais la oportunidad de una transformación espiritual, añade un elemento más de fascinación a la historia.

En fin, esta dialéctica construida a base de imágenes contrapuestas entre lo terrenal y lo divino puede extenderse al resto de las santas penitentes y se perfila muy bien en la leyenda de santa Thais (Taes, Taide en otras versiones), a pesar de que no encontrarse incluida en el actual martirologio romano y desaparecida de la hagiografía oficial.

El pliego

El interés de este blog reside básicamente en recoger, mostrar, contextualizar y relacionar lo expresado por los pliegos como referentes de la literatura popular impresa, en este caso como efímero pliego de cordel.

El pliego que reproduzco lo editó la imprenta murciana de Pedro Belda en 1883, aunque se conoce un antecedente reseñado por Simón Díaz, José, «Hagiografías individuales publicadas en español de 1480 a 1700», Hispania Sacra, 30 (1977), p. 475. También lo recoge María Cruz García de Enterría y Mª José Rodríguez Sánchez de León en «Pliegos poéticos españoles en siete bibliotecas portuguesas (siglo XVII)», Universidad de Alcalá de Henares (2000).
González de Figueroa, Francisco
Aquí se contiene una obra nueva de la vida, conversión y penitencia de santa Tais, muger pecadora en Egipto... Cádiz, Bartolomé Nuñez de Castro, 1683. 4 hs. con 3 grabs. En verso.
Pero es en un trabajo de Juan Barceló Jiménez: «Un poeta y coplero murciano del siglo XVI: Francisco González de Figueroa», (Revista Murgetana, Nº 48, 1977) donde se nos aclara que González de Figueroa fue un poeta murciano de la segunda mitad del siglo XVI, ciego y autor de versos para pliegos. No se cuenta con datos precisos sobre su trayectoria, pero existe constancia de algunas de sus obras publicadas entre 1578 y 1587, por lo que la fecha de edición anotada por Simón Díaz y Mª Cruz García de Enterría de 1683, hay que retrotraerla muchos años antes a la edición reseñada. En alguna portada de sus romances dice ser «privado de la vista», por lo que hay que suponer que su actividad se centraba en la composición y recitación, en su caso, de sus producciones por la región murciana. La cabecera de uno de los cinco pliegos de cordel que editó el bibliófilo Antonio Pérez Gómez en el anexo correspondiente al número 10 de la revista Monteagudo (1955), dice así:

OBRA NUEVAMENTE COMPUESTA POR FRANCISCO GONZALEZ/DE FIGUEROA, NATURAL DE LA CIUDAD DE MURCIA. LA QUAL TRATA DE LA/VIDA, CONVERSIÓN, Y PENITENCIA DE SANTA TAIS. MUGER PECADORA/EN EGIPTO. CON UN VILLANCICO AL CABO DEL/SANTISSIMO SACRAMENTO. (AL FIN). EN SEVILLA POR JUAN CABECAS, Y SE VENDE EN CALLE DE GENOVA. / (Sin año de impresión)

El interés del pliego «moderno» editado por Belda en 1883 se acrecienta si tenemos en cuenta los antecedentes que hemos señalado, así como el desconocimiento de otras impresiones de pliegos que narren su historia. Cotejando el texto de la edición del siglo XVI con la versión moderna, se aprecia de que se trata de la misma versión, aunque con pequeñas variantes no significativas.

Estas notas quieren expresar la deuda que tenemos con los autores invidentes de pliegos en orden a una revalorización poética de sus producciones y al margen de su calidad literaria, pero de importancia como mediadores y difusores culturales.





Entrecruzamiento entre Santa Thais y Santa Pelagia

Debido a las similitudes entre las leyendas de estas dos santas, sus historias se han entrecruzado al coincidir ambas el haber llevado una vida licenciosa antes de su arrepentimiento y conversión. También por la intervención de dos «santos varones»: en el caso de Pelagia, por el obispo Nono y en el de Thais, por Panuncio, que también alcanzó el obispado.

Pelagia se desprende de sus joyas
Pelagia, al parecer, era una prominente actriz y bailarina de la ciudad de Antioquía que llevó a la perdición a muchos hombres obsesionados con su sensualidad y su voz. Llamada también «la Margarita» (perla en latín), ya que solía presentarse cubierta de pedrería, con el cabello adornado y vestida elegantemente. Parece que el futuro santo, de nombre Nono, se propuso convencer a Pelagia para que rebajase el tono de las piezas que ponía en acción, pues era del pensamiento de que seguramente Dios no estuviese muy de acuerdo con esa alegría erótica que excitaba a su público masculino (o también femenino, quién sabe). El caso es que Nono acabó por alejarla de los escenarios. Pelagia se deshizo de sus bienes y viajó a Jerusalén. Una vez allí y envuelta en una capa regalada por el propio Nono y haciéndose pasar por hombre, se dirigió al Monte de los Olivos donde había una comunidad de ermitaños. Allí se hizo pasar por Pelogio llevando una vida austera y de oración. Pero los ermitaños quedaron atónitos a su muerte, porque al quitarle el hábito para darle sepultura comprobaron que habían convivido largos años con una mujer.

La historia de ambas no tiene desperdicio. Tanto es así que la vida de Thais inspiró la novela histórica del mismo título de Anatole France (1844-1924), publicada en París en 1890. A su vez, Jules Massenett (1842-1912) se inspiró en la vida de Thais y en la novela de Anatole France para escribir su ópera Thaïs (1894), donde se incluye el tan conocido y soberbio solo de violín del segundo acto, conocido por «Meditación». También inspiró la vida de la cortesana a Paul Wilstach (1870-1952) para escribir su obra de teatro Thais en cuatro actos, como también a una serie de películas mudas en el primer cuarto del siglo XX.

Imágenes ilustrativas


Santa Thais orando en su celda - Charles-Antoine Coypel (1694-1752)

San Nono y Pelagia - Menologio de Basilio II

Philippe de Champaigne - Pafnuncio libera a Thais


Para saber más:

* Fernández Rodríguez, Natalia, «La pecadora penitente en la comedia del Siglo de Oro», Universidad de Valladolid, 2009.
* Fernández Rodríguez, Natalia, «El Auto de la conversión de Santa Tais entre dos géneros. Hacia los orígenes de la comedia hagiográfica», en Estudios sobre la Edad Media, el Renacimiento y la temprana modernidad, Instituto Biblioteca Hispánica del CiLengua, San Millán de la Cogolla, 2010. 
* Fernández Rodríguez, Natalia, «Miradas conflictivas. La pecadora penitente entre el antivoyeurismo y los márgenes de la sensualidad», Revista Escritura e Imagen, Vol. 15, (2019)

©Antonio Lorenzo