martes, 8 de octubre de 2024

Castigo por disparar a una imagen de Cristo

 

¿Dios puede ser castigador y vengativo? Dicha pregunta, que implica diferentes matices, ha suscitado diversas reflexiones desde tiempos remotos. Ello guarda relación con el contenido narrado en estos dos pliegos donde Dios ejerce de castigador por agraviar su imagen. En el primer pliego, ambientado en una localidad francesa, se nos dice que un cazador regresando de la caza disparó a una imagen del Cristo crucificado dando con su bala en un costado, y tras disparar se le produjo un dolor intenso que le impidió andar y lamentándose también por haber perdido el habla y lanzando "aullidos espantosos". No halló tampoco el auxilio de los vecinos quienes consideraban que el castigo de Dios se manifestaba de una forma bien clara y bendiciendo la justicia de su poderosa mano. Pero gracias a la intercesión y a las palabras del cura acabó arrepintiéndose de su acto al poder elegir entre su salvación o el infierno, eligiendo lógicamente lo primero donde se proclama un dios justiciero al que todo creyente debe someterse para evitar su escarmiento.

En el segundo pliego, acaecido en un supuesto pueblo de la provincia de Barcelona, uno de los dos monteros que cabalgaban cargados con escopetas se encontraron con la imagen de una Santa Cruz. Uno de ellos se quita el sombrero y se dispone a rezar una oración al Jesús sacramentado. Su acompañante, en cambio, enfila y carga su escopeta disparando siete pedigones a la imagen de la Cruz. Tras ello, por inminente castigo de Dios, se abrió la tierra quedando su cuerpo medio sepultado y cercado por las llamas. Finalmente fue tragado por la tierra en medio de un olor a azufre y en presencia del cura y los vecinos, aunque sin llegar a recibir el perdón como sucede en el primer pliego.

En estos dos pliegos donde se dispara a una imagen religiosa nos recuerda al más reciente episodio del fusilamiento por parte de los milicianos a la efigie del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles en Getafe (Madrid) en los inicios de la guerra civil española.


El castigo de Dios o de la Virgen, en el selvático mundo de los pliegos de cordel, adquiere un gran protagonismo como consecuencia de determinados comportamientos o acciones, pero en este caso me detengo en estos dos ejemplos donde se castiga el agravio sufrido a una imagen simbólica de Dios sin atender a contextualizar dicho agravio por parte de su ejecutor.

La polémica de un Dios justiciero y misericordioso a la vez, como tema complejo y considerado contrapuesto, ha provocado diversas interpretaciones que tratan de conjugar estos dos aspectos al presentarse en los libros del Antiguo Testamento un Dios cruel que castiga la rebeldía al vincular la culpa con el miedo y con el castigo directo. Si escogemos muchos textos del Antiguo Testamento vemos como el Dios castigador se manifiesta en episodios como los narrados en el Génesis con la caída de Adán y Eva, extensivo a toda la humanidad al pecar Adán a sabiendas; en el Diluvio Universal como castigo divino por la mala conducta del ser humano destruyendo a toda criatura que no se hubiera incorporado al arca de Noe; la destrucción de Sodoma y Gomorra; el derrocamiento de Jericó; el envío de plagas desastrosas al pueblo egipcio por la esclavitud que infringían a los israelitas, etc.

La imagen de Dios que se nos presenta en el Antiguo y en el Nuevo Testamento resulta contradictoria si solo nos atenemos a la literalidad de los escritos al margen de su controvertida explicación. En el Nuevo Testamento se nos presenta un cambio evidente sobre las características de Dios en el sentido de mostrarle misericordioso, si es que pedimos perdón y nos arrepentimos por nuestros pecados y malas acciones. En la búsqueda de un posible equilibrio la fe cristiana ha tratado de coordinar la justicia con la misericordia y el perdón en sus interpretaciones de las Sagradas Escrituras. Numerosos pensadores, a través de una enorme cantidad de escritos y debates, procuran definir, estudiar y conjugar la dicotomía entre la fe y la razón. No obstante, toda fe se basa en la creencia y en la convicción de una verdad que no requiere ninguna evidencia. Esta dicotomía respecto a la razón no quiere decir que sean excluyentes en todo caso y que no puedan ser compatibles según a lo que se refieran.

Los exégetas católicos, tratando de neutralizar o disolver la imagen despótica del Dios del Antiguo Testamento, introdujeron progresivamente la imagen de un Dios misericordioso y justo que acabó muriendo en la cruz para salvar al hombre de sus pecados y convertido en un Dios amoroso. De esta forma se trata de preservar la integridad de las Escrituras con interpretaciones alegóricas y con sentidos figurados para dulcificar de alguna forma lo expresado literalmente en el Antiguo Testamento al considerar que la fe se encuentra siempre por encima de la razón, lo que abre interrogantes no dilucidados.

El Dios del Antiguo Testamento resulta distinto al Dios en el que creen la mayoría de los cristianos practicantes. Al margen de la posición que adoptemos es cierto que admite muchas interpretaciones según el valor que le demos a quienes sostienen que la misericordia y la justicia no son incompatibles, sino que incluso se requieren mutuamente. La trasmisión oral de las Escrituras, antes de fijarse por escrito, así como las revisiones de las copias antiguas llevadas a cabo sobre la Biblia a lo largo de los años, han dado pie, según sostienen los eruditos bíblicos e investigadores cristianos, a una gran variedad de modificaciones y correcciones de palabras, de interpolaciones y declaraciones contradictorias que no han logrado despejar de una forma definitiva las incertidumbres que siguen despertando. Las muchas controversias en el intento de lograr una reconciliación entre la fe y la razón por parte de la iglesia no se han agotado y permanecen activas entre los filósofos y teólogos y entre todo aquel que medite o busque respuestas personales sobre ello.

En su conjunto los textos de la biblia están cuajados de alegorías difíciles de entender desde un razonamiento crítico, lo que viene a ser una excusa barata de los exégetas cristianos para justificar las incongruencias y los sinsentidos tratando de conciliar la imagen de un Dios vengativo y castigador con el Dios amoroso del Nuevo Testamento.

Los pliegos que reproduzco solo son un par de ejemplos de otros muchos donde Dios infringe castigos no asociados en su mayoría al arrepentimiento por los pecados cometidos.

En la cabecera de este primer pliego se señala la noticia aparecida en La Gaceta de Madrid del 21 de abril del año 1832. Tratando de validar dicha información no la he encontrado en la publicación que se señala, sino en El Correo: periódico literario y mercantil del lunes 23 de abril de 1832 y que reproduzco.











©Antonio Lorenzo

domingo, 6 de octubre de 2024

Lamentos de Corina a su idolatrado Osvaldo

 (Entrada publicada el 15 de agosto de 2013 y recuperada)

Retrato de Madame de Staël
El origen del pliego que nos ocupa en esta entrada es deudor de la novela de Madame de Staël-Holstein (1766-1817). Su obra ha quedado oscurecida con el paso del tiempo aunque, heredera de los enciclopedistas, fue divulgadora del romanticismo alemán en Francia.

De formación intelectual exquisita se casó en una boda pactada con un hombre que le doblaba la edad, el barón Magnus de Staël-Holstein, embajador entonces de Suecia en Francia. Su buena formación y posición económica no impidió a Madame de Stäel participar en los debates prerrevolucionarios con los políticos y pensadores de su tiempo, reunidos ahora en su salón de la rue du Bac y más tarde en el castillo familiar de Coppet.

En la biografía de Staël de Joseph Turquam se afirma que, inicialmente, el entusiasmo de Madame por Napoleón fue tan intenso como más tarde sería su odio. Su participación en la gran corriente antinapoleónica de la época le valió el exilio durante varios años y la prohibición, en 1810, de la primera edición de su obra, «De L´Allemagne», prohibición que no consiguió obstaculizar su gran éxito. Napoleón ordenó alejar de París a esta mujer inteligente, cultivada y muy rica con gran influencia en los círculos intelectuales.

La novela «Corinna o Italia» (Corinne ou l'Italie) fue publicada en 1807 y es considerada como la iniciadora de una incipiente novela de mujeres a comienzos del siglo XIX. 

Entre 1794 y 1803, durante un viaje a Italia y en el período siguiente, Madame de Staël escribió un diario que utilizó para escribir una novela ambientada en ese país. La novela se divide en veinte capítulos o libros, dedicados a la historia de amor entre los dos protagonistas, el tiempo y la identidad del arte italiano, especialmente en Roma, las costumbres y el carácter de la lengua italiana, la literatura, el arte, la religión y sus ritos, así como descripciones de Nápoles,Venecia y Florencia.


















         
Madame de Staël por el grabador Henri-Joseph Hesse (1781-1849)
                                   
Las aventuras de los protagonistas ofrecen a Madame de Staël la oportunidad de describir Italia (como subraya el título), sus costumbres, sus paisajes, sus glorias.

La novela obtuvo de inmediato un éxito extraordinario: desde 1807 a 1894, sólo en francés, se publicaron más de 86 ediciones.

En «Corina o Italia» subyace la opinión de que el genio no es exclusivo de lo masculino. Para Corina tener genio era ser capaz de experimentar grandes sentimientos y transformarlos en arte. Madame Staël destaca en su novela los rasgos activos y de entusiasmo que percibe la atracción y la belleza contenidas en todas las cosas.

Ediciones de Corina en España

La primera traducción de la novela en España apareció en el tomo XII de la «Biblioteca Universal de Novelas, Cuentos e Historias instructivas y agradables», editada por Ibarra en 1819 y traducida por el lexicógrafo, historiador y político Pedro María Olive.

Reproduzco la portada de una edición valenciana de 1838.


Copio, en primer lugar, la historia en prosa de los amantes recogida en la edición de la imprenta vallisoletana de Dámaso Santarén en 1846. 
Corina fue hija de Mr. Eugermond, escocés, aunque nació en Italia, donde pasó alegremente los primeros años de su vida y se instruyó muy bien en la música y poesía, habilidades que se aprecian mucho en aquel país. Durante este tiempo murió su madre, que era italiana, y su padre, que se había marchado a Escocia, se casó de nuevo con una escocesa. Envió a llamar a Corina, la cual fue allá; pero, acostumbrada desde su infancia al bello clima de Italia y a las alegres costumbres de los italianos, extrañó sobremanera el aspecto triste y sombrío de Escocia y el carácter frío y reservado de los escoceses. Dotada de un talento superior y poseyendo mil habilidades, se desesperaba viendo que no hacían caso de ella, siendo así que en Italia había recibido ya muchos aplausos. A esto se juntó, para hacerle más aborrecible aquella mansión, el mal trato que le daba su madrastra. Cansada de sufrir, resolvió volver a Italia. ¡No sabía la desdichada que corría a su perdición!
Pidió permiso a su madrastra, la cual se lo concedió con la condición de que mudara de nombre y que ocultara cuidadosamente, dondequiera que fuere, su familia. Se convino a ello Corina y en su consecuencia partió para Italia.
Llegó allá, donde acabó de perfeccionarse en las habilidades que poseía, en un grado tal que era la admiración de toda Italia. Fue coronada en el Capitolio como improvisadora, estando en la cual ceremonia la vio Oswald, joven escocés que viajaba por Italia con el fin de restablecer su salud y quien, al verla tan hermosa y recibiendo tales obsequios, se prendó de ella. Procuró introducirse en su casa y Corina se prendó también de los finos modales de Oswald. Este, en un principio intentó luchar con su pasión figurándose ofender con ello la memoria de su padre, quien le había destinado, antes de morir, por esposa, a Lucinda Eugermond, hermana de Corina por parte de padre.
Pero bien pronto llegó a olvidarse de esto y juró a Corina amarla eternamente. Estando en esto, le enviaron a llamar de Escocia para que fuera a incorporarse a su regimiento, que iba a marchar para América. Tuvo que obedecer y al partir prometió a Corina no olvidarla jamás y le dio un anillo. Llegó a Escocia, donde le acosó bastante la dicha Eugermond, viuda de Mr. Eugermond, para que se casase con su hija Lucila, según había mandado el padre de Oswald al morir; pero Oswald se resistió a ello lo más que pudo.
Entretanto Corina, no pudiendo sufrir verse tan lejos de su amado Oswald, partió a Escocia donde, sin ser vista, le vio varias veces; pero figurándose que la había olvidado, porque le vio muy obsequioso con Mi-lady Eugermond y su hija Lucila, no quiso hablarle y, en un rato de desesperación, le envió el anillo y una carta que sólo decía: ESTÁIS LIBRE. Oswald hacía tiempo que no recibía carta alguna de Corina, por lo que empezó a dudar de su fe; pero al recibir la carta y el anillo, se confirmó en ello. Desesperado, por creerse burlado, se casó inmediatamente con Lucila. Corina se volvió a Italia y allí enfermó gravemente. Oswald, informado de todo, fue a buscarla en compañía de su mujer, Lucila, y de una hija que ya había tenido de ella. Corina, al principio, no quiso verle; pero se lo permitió cuando se vio cercana a la muerte, y expiró en sus brazos.
La desgraciada Corina murió víctima del amor y el triste Oswald pasó en lo sucesivo una vida infeliz. Tal es el fin de las personas demasiado sensibles que se abandonan ciegamente a sus pasiones.
A esta hoja escrita por ambas caras de la imprenta Santarén (1846), le sigue la canción que comienza: «víctimas de un amor infelice…»

Reproduzco a continuación el pliego tardío editado en Barcelona por la imprenta de los sucesores de Domenech en 1869, aunque hay noticias de ediciones anteriores, como la de la imprenta de F. Vallés, de 1837; la de Estivill, sin año, o la de la imprenta vallisoletana de Dámaso Santarén en 1846, que ya he comentado.






Reproduzco también la «Canción de la triste Corina, lamentándose de la ingratitud de Oswaldo, su falso y cruel amante», que resulta ser continuación del pliego que contiene la «Canción nueva de Abelardo y Eloisa», editado en Madrid por J. M. Marés, sin año.




Antonio Lorenzo

viernes, 27 de septiembre de 2024

El apasionado y escondido amor de Abelardo y Eloísa


La historia amorosa entre Abelardo y Eloísa, tan mitificada sobre todo durante el romanticismo, ha promovido a lo largo de los años distintas interpretaciones sobre su desarrollo y desenlace en pleno siglo XII.

Los amores de los jóvenes Abelardo y Eloísa, que se amaron intensamente y a escondidas, remiten a todo un referente literario con connotaciones religiosas de la literatura medieval y estudiados desde numerosos puntos de vista e inspiradores de creaciones literarias. Su principal antecedente es la Historia calamitatum, obra autobiográfica del propio Abelardo redactada hacia el año 1132 y escrita para un amigo anónimo o supuesto, lo que supuso un giro radical en los tratados morales de su época al reivindicar la intencionalidad y la libre voluntad del individuo en contraposición a la visión ortodoxa de las instituciones eclesiales imperantes de entonces.

Abelardo, nacido en 1079, comenzó su relación con Eloísa, nacida hacia el 1100, cuando el primero ya rondaba cerca de los cuarenta años y la joven Eloísa no llegaba a los veinte. Su vida amorosa queda reflejada en las cartas que se intercambiaron a lo largo de su vida religiosa y que tan fecunda proyección han tenido a lo largo de los siglos hasta llegar incluso a estas muestras de la literatura popular impresa como aparecen en estos pliegos de cordel que reproduzco.

La historia de su correspondencia ha dado pie a todo un caudal de ediciones y estudios desde la Edad Media hasta la actualidad, lo que ha fomentado controversias sobre su autenticidad e interpretación según los numerosos acercamientos de los especialistas en su relación con lo religioso, lo ético y lo moral.

Al margen de las cartas que intercambiaron Abelardo y Eloísa, es fundamental reseñar la importancia de Abelardo como autor de una cuantiosa producción de obras dogmáticas, de teología moral y filosófica que resultan fundamentales para enmarcar las polémicas sobre estos aspectos que contribuyen a considerarlo como un tratadista y pensador racionalista medieval adelantado a su tiempo.

Eloísa, perteneciente a una gran familia de la aristocracia francesa, fue educada en un convento de monjas donde adquirió una importante formación clásica. Abelardo, reconocido teólogo, filósofo y maestro, se encontró con Eloísa más de una vez en sus viajes didácticos, lo que propició un ardoroso encuentro de amantes como se constata en la correspondencia que mantuvieron en sus respectivos destinos tras su enardecido y apasionado amor, como expresó Abelardo en uno de los capítulos de su Historia calamitatum:

«Bajo el pretexto de estudiar nos entregamos enteramente al amor. Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros. El amor se buscaba en nuestros ojos, uno al otro, más veces que la atención se dirigía al texto […]; […] Nuestro ardor conoció todas las fases del amor y experimentamos todos los refinamientos insólitos que la pasión imagina. Cuanto más nuevos eran para nosotros esos placeres, con más fervor los prolongábamos, y no conocimos nunca el hastío».
La pasión amorosa de Abelardo, como amante y posterior esposo de Eloísa, pasó por serias dificultades, pues a instancias del preceptor de Eloísa, su tío y canónigo Fulberto, quien encargó y confió en Abelardo la educación de su sobrina, propició el que se amaran profunda e intensamente, aunque manteniendo su relación de una forma escondida. Descubierta su apasionada relación y el embarazo de Eloísa por su tío Fulberto, se casaron en secreto y huyeron a Le Pallet, ciudad próxima a Nantes donde había nacido Abelardo, dejando a su hijo, llamado curiosamente Astrolabio (instrumento para conocer las estrellas), al cuidado de una de sus hermanas. El niño murió tempranamente y ellos regresaron a París donde Fulberto emprendió tal represalia y venganza contra Abelardo que sobornó a un sirviente y a otros cómplices, para hacerle una emasculación o castración de sus órganos genitales. Tras el trauma que ello le supuso, Abelardo decidió hacerse monje ingresando en una orden monástica para dedicarse a la enseñanza y al estudio de cuestiones teológicas hasta llegar a convertirse en abad. Eloísa, por su parte, decidió hacerse monja a instancias y por amor a Abelardo, donde sostuvieron una sostenida correspondencia conservada en varios manuscritos rescatados y copiados a fines del siglo XIII ciento cincuenta años después de los hechos que se relatan.

La correspondencia entre Abelardo y Eloísa, mal conocida y desvirtuada, aunque impactante como documento literario, adquiere un especial interés por la presencia de motivaciones y rasgos femeninos adelantados a su época y que desde un punto de vista actual resultan altamente significativos si tenemos en cuenta que sus orígenes se remontan al siglo XII donde se confrontaba el espíritu y la visión femenina con lo masculino. En sus escritos, Eloísa se considera libre e individual frente a los estereotipos grupales de sus compañeras de la congregación de la que ella misma era la abadesa siendo Abelardo la guía espiritual de la congregación. En las formas de enfrentarse a su relación amorosa, una vez distanciados cada uno en su retiro religioso, se aprecia por parte de Eloísa una forma de expresar su realidad desde una perspectiva libre y al margen de la vida conventual en el sentido de expresar la relación vivida con Abelardo como de amante a amante. La pasión y el deseo que expresa en sus cartas se desvincula de una visión más grupal propio del papel atribuido a la mujer subordinada desde antiguo y de forma misógina a lo masculino. Eloísa se expresa desde una postura de libertad moral e individual donde la plegaria y la confesión no logra desechar de su mente ni el deseo ni la pasión. Así lo expresa sin pudor en una de sus cartas, donde reivindica su libertad de pensamiento, propia también de Abelardo, para expresarse libremente frente a la tradición misógina medieval, tan extendida hasta tiempos recientes, abriendo todo un camino de reflexión y debate.
«Por mi parte, he de confesar que aquellos placeres de los amantes -que yo compartí contigo- me fueron tan dulces que ni me desagradan ni pueden borrarse de mi memoria. Adondequiera que miro siempre se presentan ante mis ojos con sus vanos deseos. Ni siquiera en sueños me dejan sus fantasías. Durante la misma celebración de la misa -cuando la oración ha de ser más pura- de tal manera acosan mi desdichadísima alma, que giro más en torno a esas torpezas que a la oración. Debería gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por lo que he perdido. Y no sólo lo que hice, sino que también estáis fijos en mi mente tú y los lugares y el tiempo en que lo hice, hasta el punto de volver a hacerlo todo contigo otra vez, incluso durante el sueño».
Desde un punto de vista filosófico, las ideas expresadas y difundidas por Abelardo provocaron una enorme animadversión en amplios sectores de la dogmática teológica católica, por lo que sus tesis y escritos fueron condenados en dos concilios: Soissons (1121) y en el de Sens (1141), donde sus libros fueron quemados y él excomulgado. Eloísa, por su parte, encontraba una contradicción entre la exaltación por el cristianismo de la continencia y la castidad respecto a los deseos propios de su sentimiento amoroso. Desde un punto de vista actual, algunas de las ideas centrales, tanto Abelardo como Eloísa, se adelantan en siglos a la visión propia del siglo XII y posteriores. Sus ideas morales consideran que son las intenciones las que definen a los actos como buenos o malos en cuanto que el ser humano no deja de ser libre y responsable de sus acciones, lo que no deja de ser una secularización igualitaria liberal propia de lo democrático.

La búsqueda libre de la razón entraba en contradicción con la fijación de las doctrinas cristianas por la fe. La sabiduría, según Abelardo, ha de basarse en el cuestionamiento y en la duda para alimentar la búsqueda del conocimiento propiciando los debates con preguntas y respuestas razonadas base de la escolástica como método de aprendizaje tan desarrollado por Abelardo en su intento de armonizar la fe y la razón. En su tratado De unitate e trinitate divina, referido a la Santísima Trinidad, sostiene que no se puede creer en nada si antes no se entiende. Dicho tratado fue quemado en el concilio de Soissons de 1121.

Pero retomando de nuevo la romántica relación amorosa entre Abelardo y Eloísa observamos que, desde un punto de vista popular, ha trascendido a lo largo del tiempo en papeles sueltos divulgativos destinados a un amplio sector de público donde se recoge el triste final de su relación.

Eloísa murió en 1164 a los sesenta y un años en la abadía de Paraclet, veintidós años después del fallecimiento de Abelardo en 1142, siendo enterrada según su deseo junto a Abelardo en la abadía de Paraclet que el propio Abelardo fundó.

Tras este primer pliego editado en Barcelona en 1864 en la imprenta de Juan Llorens, añado como singular referencia el conjunto de tres pliegos vendidos de forma conjunta según la madrileña edición de José María Marés de 1862. Hay que señalar que estas cartas o canciones fueron editadas a lo largo de los años por otros talleres conocidos por su producción de pliegos de cordel.

 



























Para saber más


©Antonio Lorenzo