Si repasamos el gran surtido
de almanaques, calendarios y revistas ilustradas que se difundieron a lo largo de todo el
siglo XIX, formando parte, al igual que los pliegos de cordel, de la literatura popular impresa, comprobamos que constituyen unas interesantes fuentes, aunque poco atendidas, donde puede apreciarse gran
parte del imaginario social. En estas publicaciones de revistas ilustradas se manifiesta la intencionalidad ideológica y comercial
de los diferentes talleres impresores y, por extensión, su acogimiento por parte del público interesado en ellas y a las que invitaban a suscribirse mediante un publicitario y asequible precio de compra, en este caso: ¡30 Reales al año!!!
Este tipo de publicaciones
variadas, de las que se conocen y confluyen muchas modalidades y variantes, resultan difíciles de clasificar al
irse adaptando a los diferentes gustos de cada época, aunque todas ellas representan testimonios contextualizados y relacionados con la mentalidad social de
entonces en cuanto a creencias, comportamientos y costumbres.
Antes de adentrarnos, a modo de
ejemplo, en el primer número de esta publicación mensual, con su corta vida de apenas 24 números,
editados entre el 15 de diciembre de 1844 y el 15 de noviembre de 1846, en
pleno periodo isabelino y con el título El Fandango, es conveniente repasar algunas de sus características.
Esta publicación fue editada por
la Sociedad Literaria, fundada por el polifacético autor y editor Wenceslao
Ayguals de Izco (1801-1873), quien jugó un papel destacado entre los autores y editores
del siglo XIX y que contó con destacados colaboradores que dotaron de gran
vigor a la editorial en las publicaciones en las que intervinieron.
Estas publicaciones festivas y satíricas nos ofrecen una sesgada cuenta de las costumbres y de los modos de pensar en las relaciones socioculturales de entonces mediante un repaso crítico y mordaz sobre los cambios que se producían en la sociedad de la época durante el reinado de Isabel II. Cada ejemplar solía incluir una profusión de caricaturas, divertidos artículos y ácidos epigramas con la firma de los principales colaboradores. Eso sí, cada publicación trataba de difundir y contextualizar la ideología propia de los distintos editores.
El término fandango se asocia básicamente a tres sentidos. El más conocido se refiere a un baile como género
musical, también al lugar donde se desarrolla la fiesta, y al que, de forma coloquial, se le añade un significado de trifulca, bullicio o alboroto como sinónimo.
Una de las hipótesis sobre el
origen o las acepciones del término fandango se refiere a que fue introducido
en España a través de los marineros que regresaron a la península desde las Antillas tras
realizar sus rutas atlánticas, aunque todo ello entremezclado con variantes
latinas de patrones rítmicos musicales que se fueron extendiendo entre las dos
orillas del atlántico. En la actualidad parece existir un consenso entre los
estudiosos al considerar el origen del fandango proveniente de la época
colonial desde principios del XVII al otro lado del atlántico. En la edición de
1732 del Diccionario de Autoridades se define el término fandango como
"Baile introducido por los que han estado en los Reinos de Indias que se
hace al son de un tañido muy alegre y festivo". Otros estudiosos sostienen
que no hay evidencias de este recorrido entre las dos orillas y cuyo origen es
peninsular y muy valorada por los viajeros extranjeros, aunque otros investigadores sostienen su procedencia africana, lo que nos llevaría a controversias inútiles
al asociarse al baile como epíteto añadido con el propósito de dar a conocer y
divulgar este tipo de publicaciones populares, ya sean como almanaques con
dicho nombre o como la revista en nuestro caso.
En las coplas cantadas y
asociadas al baile festivo más que a un estilo musical concreto se solían
añadir referencias eróticas y veladas críticas a los poderosos, entre los que
se encontraban los curas "enfandangados" o clérigos menores como
participantes ocasionales, o no tanto, en muchas manifestaciones populares
debido a sus aficiones a su intervención en saraos y de lo que se conocen
datos.
Las fechas de la relación del
fandango con el flamenco resultan inciertas si consideramos al fandango
histórico asociado a lo festivo e instrumental y sin coplas vocales, hasta el
conocido fandango actual cantable que ha dado lugar a diferentes variedades. Según
referencias literarias se localiza como baile en el entorno de la bahía de
Cádiz desde principios del siglo XVIII, tal como consta en algún entremés de
comienzos del siglo donde figura como danza. Desde un punto de vista actual el
término fandango se asocia como una modalidad de cante y baile relacionado con zonas
geográficas concretas y vinculado a variantes personales en su interpretación.
Al margen de su confuso origen es
sabido que desde comienzos del XVIII este impreciso término se asocia a las manifestaciones
bailables y festivas propias de las clases populares, aunque diferenciadas de otros
tipos de danzas asociadas y practicadas en las ciudades por la nobleza.
En buena parte del siglo XIX el
baile del fandango fue también conocido como el "Baile del candil"
debido a la pobre iluminación del entorno del baile con apenas un candil de
aceite junto a unas pocas velas, como recoge Ramón de la Cruz en su sainete
nuevo de 1768 "El fandango de candil" para veintitrés personas.
Si nos adentramos en lo que se nos cuenta en la presentación de este primer número de la revista, se critica a los extranjeros por no
admitir la lidia de los toros al tiempo que se enaltece de una forma nacionalista el baile del fandango por su gracia, por su sal y por su encanto. Aunque se reconoce el desconocimiento de su autoría y su origen, se identifica de una forma burlona
y risible que el inventor del fandango seguramente sería el mismísimo San Pascual
Bailón como el primero en bailarlo.
Se señala también la prohibición
de los toros por un pontífice, del que no cita su nombre, a lo que añadió
también la suspensión del fandango por considerarlo inmoral y amenazando con
excomuniones, sin tener en cuenta la resistencia del pueblo español al considerarlo como
ejemplo nacional de mayor estima. De forma satírica se comenta también que el rey, para salvaguardar el baile del
fandango, envió a Roma media docena de parejas de lo que se dará cuenta en el
siguiente artículo de Juan Martínez Villergas.
Tras este comienzo reivindicativo
y gracioso de quién fuera un afamado escritor y colaborador satírico, la
revista desarrolla toda una serie de elementos de carácter jocoso que sin duda
contarían con el agrado del público debido a las contribuciones del propio
editor Wenceslao Ayguals de Izco donde se burla sesgadamente de la ópera y
reivindicando a la destacada actriz española Matilde Díez (1818-1883). De igual
modo es el autor del "juicio del año" de este primer número de la
revista para el año 1845
Las críticas a los extranjeros por no saber valorar las corridas de toros y el baile del fandango se encuentran diseminadas, con claro sentido nacionalista, en epigramas y cortos relatos risibles a través de los diferentes números de la revista. La defensa del fandango iba unida al desprecio de los bailes extranjeros como la polka, el rigodón, el bolero y otras músicas procedentes de fuera.
La última hoja que da el cierre a
la revista, Martínez Villergas anticipa el mes de enero del año 1845 que comenzaría en breve entremezclando los recurrentes
pronósticos del tiempo asociados al lunario y al santoral correspondiente de una forma entremezclada
y burlona muy propia de sus escritos.











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