domingo, 28 de mayo de 2023

Pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos... [IX]

 

La primera mitad del siglo XIX es uno de los periodos más fecundos desde un punto de vista literario en relación a los artículos de costumbres de escritores de variado perfil. En sus escritos se recogen de forma satírica y abundante los rasgos propios de los distintos tipos populares respecto a sus comportamientos y vestimentas. En ellos se entrecruza lo favorecedor de las costumbres ajenas frente a los sentimientos nacionalistas, rasgos distintivos según atendamos a los escritores de la época. Estas sátiras burlonas se dirigen preferentemente a una galería de tipos representativos de la sociedad de entonces desde una perspectiva humorística. De forma reiterativa aparecen tipos como los petimetres, currutacos, lechuguinos y sus herederos gomosos junto a los elegantes de porte y ademanes característicos. En estos artículos, se mezcla lo real con la ficción y donde se entrecruza lo cómico con lo serio con gran riqueza de matices.

La literatura popular impresa no fue ajena a esta clase de críticas burlonas, tal y como se refleja en algunos pliegos como el que reproduzco sobre El lechuguino pobre, personaje sobre el que me centraré y que viene a añadirse a lo contemplado en las otras ocho entradas que dediqué a estos tipos en este mismo blog en 2017 cuyos enlaces figuran al final de esta entrada.

A esta variedad de personajes se les achaca en su conjunto el de ser atildados y presumidos, falsamente cultos y afectados en el vestir y en sus modales. De los conocidos relatos sobre ellos entresaco de nuevo por su interés de las Escenas y tipos matritenses del escritor Mesonero Romanos lo referido sarcásticamente al personaje del lechuguino.

Éste era un tipo inocente del antiguo, que existió siempre, aunque con distintos nombres, de pisaverdes, currutacos, petimetres, elegantes, y tónicos. -Su edad frisaba en el quinto lustro; su diosa era la moda, su teatro el Prado y la sociedad. Su cuerpo estaba a las órdenes del sastre, su alma en la forma del talle o en el lazo del corbatín. -¡Qué le importaban a él las intrigas palaciegas, los lauros populares, la gloria literaria, cuando acertaba a poner la moda de los carriks a la inglesa o de las botas a la bombé! ¡Cuando se veía interpelado por sus amigos sobre las faldas del frac o sobre los pliegues del pantalón!
¡Existencia llena de beatitud y de goces inefables, risueña, florida, primaveril! Y no como ahora nuestros amargos e imberbes mancebos, abortos de ambición y desnudos de ilusiones, marchitos en agraz, carcomidos por la duda, o dominados por la dorada realidad! ¡Dichosos aquéllos, que más filósofos o más naturales, se dejaban mecer blandamente por las auras bonancibles de su edad primera; estudiaban los aforismos del sastre Ortet; adoraban la sombra de una beldad, o seguían los pasos de una modista; danzaban al compás de los de Beluci, y tomaban a pecho las glorias de la Cortesi, o los triunfos de Montresor!
¡Qué tiempos aquellos para las muchachas pizpiretas en que el Lechuguino bailaba la gabota de Vestris y no se sentaba hasta haber rendido seis parejas en las vueltas rápidas del vals! ¡Qué tiempos aquellos, en que se contentaba con una mirada furtiva, y contestaba a ella con cien paseos nocturnos y mil billetes con orlas de flechas y corazones!... ¿Qué te has hecho, Cupido rapazuelo (que tanto un día nos diste que hacer) y no aciertas hoy al pecho de nuestros jóvenes mancebos, los escépticos, los amargos, los displicentes, a quien nadie seduce, que en nada creen, que de nada forman ilusión?
¡Oh Lechuguino! ¡Oh tipo fresco y lleno de verdor! ¿Dónde te escondes? ¡Oh muchachas disponibles! Rogad a Dios que vuelva; con sus botas de campana y sus enormes corbatas, sus pecheras rizadas y sus guantes de algodón. Rogad que vuelva, con sus floridas ilusiones y su escasa ilustración; con sus idilios y sus ovillejos; y sin barbas, sin periódicos, y sin instinto gubernamental.
La prensa periódica y los diccionarios burlescos

Los artículos literarios convivieron con la prensa periódica en la primera mitad del siglo XIX y con los menos conocidos diccionarios burlescos, aunque con estos últimos de forma tangencial, ya que vienen a ser ejemplos de parodias lexicográficas para definir entre otras muchas cosas a los tipos que pululaban por entonces y que eran conocidos con diferentes nombres. Estos diccionarios, poco atendidos por los estudiosos, resultan de interés no solo para estudiar el abundante léxico atribuido a estos personajes populares, sino también para valorar socialmente las vestimentas y accesorios como símbolos de refinamiento y su relación con las modas extranjeras. La indumentaria no solo guarda estrecha relación con aspectos económicos, sino que de forma transversal resulta de interés para el estudio de la psicología social y la comunicación, al ser una forma estética y expresiva del lenguaje corporal humano.

Los diccionarios burlescos no tenían la pretensión de ofrecer informaciones lingüísticas, sino que su finalidad era más bien el ordenar alfabéticamente los términos incluidos a modo de un catálogo propio de terminología fraseológica.

Espigando por antiguas publicaciones periódicas de la prensa y no solo por los artículos literarios de costumbres, encontramos algunas referencias y opiniones encontradas sobre los lechuguinos.

En El correo: periódico literario y mercantil (Madrid, 5 de septiembre del 1828), los redactores expresan las malas consecuencias que tendrían de aplicar de forma generalizada el apodo de lechuguino por el simple hecho de ser partidario de la moda y que vistan elegantemente, cuyo objeto no es otro que el insultar. Según ellos, aunque son afectos a vestir a la moda no carecen por ello de ilustración y talento por lo que deberían evitarse las ridículas caricaturas, las necias comedias e indecentes sainetes, aconsejando a la postre el que se destierre esa palabra para evitar sus consecuencias. 

En las ediciones sucesivas de este mismo periódico, aunque resaltando su imparcialidad, algunos de sus suscriptores o lectores manifiestan de forma vehemente opiniones contrarias a las expresadas por los señores redactores sobre los lechuguinos. En el mismo periódico y tres días más tarde, en el apartado de correspondencia con los lectores, uno de ellos expresa su opinión en estos términos:
Señores Redactores [...] séame permitido oponer a la definición que hacen ustedes de ella, la que yo le aplico, y conmigo mucha parte del público, hasta tanto que una nueva edición del diccionario de la academia nos ponga a todos de acuerdo.
Yo entiendo por lechuguino, esto es, frívolo e insustancial como las lechugas chicas, no cualquier individuo de la clase elevada o de la mediana que gusta trajes de moda y pertenece a la sociedad fina, sino el joven de cualquier condición, que esclavo supersticioso de la moda, y enemigo mortal de toda instrucción sólida, se tiene por un grande hombre, porque recibe de primera mano los figurines, tararea mal un aria en italiano chapurrado, y baila un rigodón con donaire y elegancia...
Las distintas opiniones sobre los lechuguinos sostenidas por los redactores del periódico y algunos de sus suscriptores se prolongaron en el tiempo. Por entresacar alguna opinión más dos años más tarde en el mismo periódico (18-6-1830), pág. 4, puede leerse:
Un lechuguino, bien mirado, es un ente viviente como todos, y casi racional como yo y los demás hombres; pero ni yo ni los demás hombres gozamos la temperie de un rigoroso lechuguino. Su pulso lo indica claramente, pues en camisa es tranquilo y sosegado, lo que no sucede vestido; pues así que se cuelga el lente, o se pone los anteojos para cegar con vista y a la moda, y adjetiva su elegante desfigurada figura, su pulso cambia en vaporoso con magnitud aparente. En el Prado, Museo y Retiro, se presenta undoso y vago, y a presencia del objeto que ansioso brujulea se vuelve acelerado. En el baile se nota caprino, y aumenta su vibración en los rigodones. En un sofá descansando suele aparecer intermitente, y en el villar (si pierde) miuro, parvo y retraído. Cuando por su desgracia es de una dama o cortejo despedido, su pulso se hace lento y formicante, con una debilidad muy perceptible al tacto; y sí no tiene dineros (de que Dios nos libre) dicroto y tardo, con ínsulas de espasmódico. Las lechuguinas también tienen inconstantes y volubles pulsos. Ya se ve: consideremos que son mugeres, y es peculiar a su fino sexo esta diversidad de pulsaciones en sus vasos arteriales. No obstante, en algunas se observan más entonados y regulares movimientos, principalmente en las que llegan a la edad del caramelo, pues su bálsamo vital rojo está inerte, depauperado y destituido de principios activos, y las tales con propiedad no son lechuguinas, sino acelguinas, cuya naturaleza forma un pulso remitente, e infra-solutivo. Estas y otras cualidades he hallado en el moderno pulso lechuguino. Si algún compañero mío observa otras diferencias que a mi torpe talento se oscurecen, suplico me las comunique por su estafeta, y le quedará agradecido, como a vmd. muy obligado Lucas Alemán y Aguado. 

En el Diario de Avisos de Madrid (2-4-1830) se promociona la publicación de un sainete:

El Lechuguino, o sea el Yesero de Beniajan, sainete original para ocho personas, por D. Sebastián Hernández y Cerdan [representado por una compañía de aficionados en Murcia en 1829]: sátira graciosa, en que se ve el resultado que tienen algunos jóvenes fatuos, que saliendo de la esfera de sus principios, y queriendo figurar en el gran tono, sirven de desprecio y mofa a los hombres sensatos, sucediéndoles a cada paso mil infortunios, y desengañándose luego que se reconocen perdidos, como acontece con el presente yesero de Beniajan. Se hallará a real en la librería de los Sres. Matton y Boix , antes de D. Manuel Barco, Carrera de S. Gerónimo.
En el Diario de Avisos de Madrid (26-12-1836) también se da noticia de la representación de un juguete de baile dirigido por don Manuel Casas titulado El lechuguino en la aldea, una vez terminada la función de la comedia representada en el teatro de La Cruz. El éxito de este juguete bailable se prolongó en años posteriores, ya que también se puso en escena en el teatro del Príncipe en 1839, según se recoge en El eco del comercio (25-06-1839).

El personaje del lechuguino perduró como referencia en la memoria a lo largo de los años ya que algunas de las coplas conservadas en algunos juegos infantiles tienen precedentes en los recuerdos de quienes convivieron con ellos en ápocas pasadas, según recuerda una señora mayor en la publicación La Época (19-08-1858) donde ya se consideraba a los lechuguinos como sucesores de los currutacos y petimetres. Algunas de las coplas que recordaba la señora mayor han logrado pervivir en algunos juegos infantiles de las niñas muchos años más tarde, aunque sin consciencia alguna de lo que significaban, tal y como se citan en la recopilación llevada a cabo en 1910 por Augusto C. de Santiago y Gadea: Lolita. Cantares y juegos de niñas (Madrid, Est. Tip. de los Hijos de Tello): 

                                             Para ser lechuguino
                                             se necesita
                                             un pantalón de paño
                                             y una levita.

                                             Un bastón de Triana
                                             y un buen sombrero,
                                             un chaleco escotado
                                             ¡Y ande el salero!

Los circunstanciales diccionarios burlescos vienen a expresar en su conjunto las luchas ideológicas sobre determinadas voces y conceptos desde una perspectiva de corte satírico y de enfrentamientos léxicos, ya sean sobre determinadas posiciones políticas o referido a los comportamientos cotidianos de entonces.

Un referente sobre las modas y usos es el Diccionario de los flamantes. Obra útil a todos los que la compren, por un tal Sir Satsbú (Barcelona, 1829), que encubre al periodista catalán Faustino Bastús (1799-1873).


El diccionario nos ofrece unos valiosos apuntes sobre estos tipos populares, como se expresa en la introducción:
[...] ¡Oh vosotros que sois el brillo, la gloria, la admiración y el encanto de vuestra patria [...]!; ¡oh vosotros llamados antiguamente currutacos, después petimetres, en seguida pisaverdes, luego lechuguinos y finalmente condecorados con el pomposo y significante nombre de FLAMANTES!: recibid esta obra como un homenaje debido a vuestra originalidad.
«Flamante» es el término «nuevo y altisonante que acaba de darse a los excurrutacos, petimetres, y lechuguinos… En algunas partes se tiene entendido que les llaman también Heterogéneos, nombre que por ser algo griego no hemos adoptado…». 

El éxito editorial que alcanzó este folleto, en 1829, propició que 14 años después de su publicación, fuera plagiado por un tal El-Modhafer en 1843 con el mismo título:

El choque de perspectivas sobre el lechuguino, unos a su favor (los menos) como sucede en el Diccionario de los flamantes, contrasta con las severas e incisivas opiniones en su contra como figuran en 1826 en la Comedia nueva de costumbres, en prosa, en dos actos, titulada: Aviso a los Lechuguinos, ó sea, la juventud estraviada, escrita por un eclesiástico amante de su patria


Sobre el nombre de lechuguinos, el eclesiástico no duda en apuntar en la introducción de la comedia sus impresiones:

[...] es la razón que ya se tuvo presente cuando así se les apellidaba en Cádiz en otra época; porque la lechuga, planta hortense bien conocida, y en la que se distinguen tres especies principales, de que ha resultado un sinnúmero de variedades, echa unas hojas largas muy plegaditas y sin formar cogollo; y su tallo, que suele ser cilíndrico, sube dos o tres pies del suelo, y arroja unos ramillos cargados de flores pajizas; de donde sin duda ha venido a llamar lechuga a cierto género de cabezones y puños de camisa muy grandes, bien almidonados y dispuestos por medio de moldes en figuras de hojas de lechuga; moda que ya se estiló mucho durante el reinado de Felipe II, y moda del día, porque el lechuguino es el conjunto o cualquiera de las lechuguillas pequeñas antes de ser trasplantadas.

 Los pliegos

La literatura popular impresa se inspiró en estos personajes, como puede comprobarse en este primer pliego editado en Valladolid por la imprenta de Santarén, donde un nuevo y joven lechuguino de dieciséis años, desoyendo los consejos del modesto trabajador que era su padre, desecha la idea de buscar cualquier oficio dedicándose a presumir y a engañar a todo aquel con quien se encuentra, ya sea cortejando a las damas y gastando todo el dinero hasta que cae en la ruina y escarmentado.

Tras el pliego, adjunto noticias del relato que apareció en tres números seguidos con el mismo título de El lechuguino pobre en el año 1843 en la madrileña Revista de teatros, diario pintoresco de literatura (revista editada entre 1841 y 1845) donde figura como autor un tal Agustín Gómez.






Otro ejemplo más es este otro pliego donde se establece un diálogo entre un lechuguino y un manolo. Como es sabido, los conocidos como manolos son personajes propios del majismo del siglo XVIII y característicos de los barrios populares madrileños en clara confrontación con todo aquello que venga de fuera y como defensores a ultranza de lo propio.



Como comentaba al comienzo adjunto los enlaces a las entradas que dediqué en este mismo blog en el año 2017 a estos tipos de personajes.

https://adarve5.blogspot.com/2017/02/pisaverdes-petimetres-lechuguinos_28.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/03/pisaverdes-petimetres-lechuguinos_6.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/03/pisaverdes-petimetres-lechuguinos_9.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/03/pisaverdes-petimetres-lechuguinos.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/03/pisaverdes-petimetres-lechuguinos_21.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/03/pisaverdes-petimetres-lechuguinos_28.html

https://adarve5.blogspot.com/2017/04/pisaverdes-petimetres-lechuguinos.html

©Antonio Lorenzo

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