
Las décimas reproducidas, atribuidas al conocido fray Diego de Cádiz, nos remiten a un controvertido personaje que tuvo una gran influencia mediática. Nacido en Cádiz en 1743 y fallecido en Ronda en 1801, a lo largo de su vida y de sus escritos se convirtió en todo un referente para los practicantes de la iglesia católica, tanto en el siglo XVIII donde vivió como a lo largo del XIX, a través de la difusión de su eficaz labor oratoria en sermones, cartas, novenas y misiones de labor apostólica, a lo que viene a unirse algunos pliegos sueltos conservados como los que reproduzco.
La religiosidad popular ha seguido valorando su figura, con el sobrenombre de "apóstol de Andalucía" a través, entre otras, de la fundación de la congregación de la Divina Pastora en Ronda. Tras un largo proceso fray Diego de Cádiz fue declarado beato el 22 de abril de 1894 por el papa León XIII.
Este personaje fue un conocido fraile capuchino, que, como se sabe, los hermanos capuchinos son una rama de la fundación de la Orden Franciscana por San Francisco de Asís en el siglo XIII, como Orden de Hermanos Menores Capuchinos erigida canónicamente en 1528 y dedicados a una vida más contemplativa y austera. La celebración del Concilio de Trento (1545-1563) favoreció la consolidación de la reforma siendo conocidos por ser portadores de unas venerables barbas largas y descuidadas, un hábito marrón de estameña con una cuerda ceñida a la cintura y con tres nudos alrededor simbolizando la pobreza, la obediencia y la castidad, y con la característica capucha unida a la túnica.
Reconozco que las décimas atribuidas al capuchino han quedado sobrepasadas por el interés que me suscita la trayectoria popular de su presunto autor por su ideología conservadora y ajena a los cambios suscitados en la época de finales del XVIII. Fray Diego no podía aceptar la separación entre fe y razón como forma de pensamiento de la generalidad de los ilustrados, ya que implicaba una especie de subordinación de la iglesia al pensamiento crítico que se encontraba en auge en el siglo XVIII.
En España, la ilustración del siglo XVIII, como movimiento cultural, buscaba modernizar la sociedad y adaptar las creencias religiosas a lo nuevos tiempos sin renunciar a la fe. El desarrollo del espíritu crítico buscaba combatir la ignorancia mediante una crítica constructiva y reducir las desigualdades. Es cierto que los llamados ilustrados, que defendían el poder de la razón por encima de cualquier otro acontecimiento, se asocia con la burguesía y los nobles desligados del control religioso y promoviendo la libertad de culto. El interés eclesiástico, de ideología anti-ilustrada, fue un aprovechado medio de conformación ideológica mediante el adoctrinamiento religioso contra el liberalismo. Hay que recordar el elevado índice de analfabetismo de entonces y donde la palabra y los sermones ejercían un gran impacto en el pueblo.
Obviamente, estas generalidades necesitarían de matizaciones sin desdeñar las propias contradicciones inherentes del llamado Siglo de las Luces de una forma sucinta. La ilustración española no fue tan innovadora como lo fue la francesa ni desembocó en violentas revoluciones, aunque fue aceptada con cautelas y limitada por los peligros que suponía enfrentarse a una consolidada tradición. Como fenómeno europeo la ilustración española estuvo a la zaga respecto a los países más avanzados. La inminente Guerra de la Independencia vino a desfavorecer el reformismo y los avances del siglo XVIII, y dentro de este marco a finales de dicho siglo es donde hay que situar la actividad religiosa y evangelizadora de fray Diego de Cádiz como activista radical.
Fray Diego de Cádiz fue todo un orador popular reaccionario y retrógrado tratando de mantener el adoctrinamiento religioso amparado en su elocuencia oral, y donde a través de sus sermones promovía devociones supersticiosas en las que algunas de ellas hasta fueron denunciadas por la Inquisición por diversos motivos.
Un aspecto interesante de su actividad propagandística fue su animadversión hacia los espectáculos teatrales por su contenido moral y entendido como instrumento y signo de perdición, queda reflejada en sus críticas a La Caramba por ser un acérrimo enemigo del teatro. ¿Quién era "la Caramba"? María Antonia Vallejo Fernández, apodada "la Caramba" (Motril, 1750-Madrid, 1787), fue una destacada intérprete de tonadillas y sainetes y cuyo nombre repetitivo vino asociado a un famoso estribillo picante proveniente de una de sus tonadillas: usted quiere... ¡Caramba! ¡Caramba!
A esta famosa tonadillera de la época y cuyo atuendo de uno de sus tocados como el insinuante lazo con cintas de colores, no solo fue copiado por las majas, sino también por las damas de la aristocracia, algo que desató una gran crítica por parte de los clérigos y de la iglesia en general. Tras arrepentirse de sus antiguas veleidades, como consecuencia de un sermón que oyó predicar una tarde y que le hizo refugiarse en la iglesia del antiguo convento de los capuchinos del Prado en el centro de Madrid, y ya desaparecido, llevando una nueva vida de mortificación y de penitencia en contraposición de su anterior vida como oveja descarriada. María Antonia acabó sus días al cabo de un año y con apenas treinta y siete años y envuelta en su traje de beata.
Sobre esta mujer se han escrito muchas tonadillas, romances y coplas de ciego y hasta una zarzuela, con música de Moreno Torroba, estrenada en 1942 con el título de "La Caramba", biografías, artículos y hasta una película interpretada por Antoñita Colomé.
Como el tema que nos ocupa se centra en las décimas como estrofa culta y popular, reproduzco la cabecera de uno de los pliegos conservados junto a otro completo que ya utilicé en una entrada anterior,
pero que creo significativa, siendo impreso en Barcelona por el librero e impresor Juan Serra y Centené, cuya actividad se sitúa entre 1774 y 1807), aunque sin especificar su año en el colofón.
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| Editado en Málaga, sin fecha, por Félix de Casas y Martínez |
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Para saber más
©Antonio Lorenzo
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